Antanas Mockus y Juan Manuel Santos en el Foro Económico Mundial en América Latina, evento realizado en Cartagena de Indias en abril de 2010 (Fotos: Edgar Alberto Domínguez Cataño para World Economic Forum, licencia Creative Commons BY-SA)
Después del alud de encuestas de las últimas semanas en las que la ola verde crecía sin parar, los partidos tradicionales se desteñían y Juan Manuel Santos se mantenía estacionado, la pregunta era obvia, ¿hasta dónde crecerían los verdes?
Se aclara el panorama
Tres encuestas, la del Centro Nacional de Consultoría, la de Datexco y la de Napoleón Franco, aunque difieren en las cifras de Juan Manuel Santos, coinciden en el caso de Antanas Mockus, mostrando el mismo 38% de hace una semana, incluyendo la última que, si bien le rebaja cuatro puntos (34%), queda dentro del margen de error que es del 3,5%.
¿La estrategia santista hizo mella en los verdes? Recuérdese que la guerra sucia en contra de Mockus arreció en los últimos días, con la aparición de vallas insultantes y mensajes en Internet como el presunto ateísmo del candidato, su “admiración” por Chávez o la intención de extraditar al presidente Uribe, que en la última de las encuestas afectó al 35% de los votantes.
Paralelo a esto, la distancia que había querido marcar el propio Santos de Álvaro Uribe, fue desechada, regresando a la figura tutelar del primer mandatario como gancho para los electores, encabezando una cuña en la que se resalta que ya que “él” no puede hablar, los colombianos lo harán por él y otra en la que un imitador de su voz llama a votar por el heredero.
Lo cierto es que haya o no dado resultado la estrategia de Santos al parecer llegó a su techo la ola verde. El frenazo de esta última semana así lo indica. Si tiene algún crecimiento de aquí al 30 de mayo será mínimo, quizás un par de puntos que lo hará bordear el 40%, o quizás descienda en el mismo porcentaje. Nada más.
Matemáticas puras
Este frenazo de Mockus, unido a un pequeño repunte de Santos, indica varias cosas. La primera es que el 30 de mayo ninguno de los dos va a llegar al 50% que señala la Constitución para ganar las elecciones en primera vuelta, y que son ellos y ninguno otro los que se enfrenten en la segunda.
Lo segundo es que la distancia entre ambos va a ser mínima. Si tenemos en cuenta el margen de error, en realidad puede estar entre el 2% y el 3%, porcentaje escaso para cantar victoria o resignarse a la derrota, indicativo de que en segunda vuelta cualquier cosa puede pasar.
En efecto, si nos atenemos a las proyecciones de los últimos años, la votación debería estar alrededor de los 15 millones, es decir, un 50% del censo electoral, pero dada la polarización de las últimas semanas, junto a la intención de voto juvenil mostrada en las redes sociales, podría subir en un 5%, es decir, situarse alrededor de los 16 millones y medio e incluso alcanzar los 17, cifra inédita en los comicios electorales colombianos.
Redondeando cifras, los dos punteros van a acaparar en proporciones similares entre 11 y 12 millones de votos, indicativo de que habrá por conquistar para la segunda vuelta, entre 4 y 5 millones de votos. Como la diferencia entre ambos es escasa, e incluso puede llegar a ser apenas de un par de cientos de miles, nada está ganado y como sucedió con Pastrana y Samper, el que gane la primera vuelta no da ninguna garantía de repetirlo en la segunda.
Ahora bien, la intención de voto para la segunda vuelta muestra a Mockus con un aproximado del 50%, es decir obtendría entre 8 y 8 millones y medio de votos, mientras Santos ajustaría sus cuentas entre 6.900.000 y algo más de 7.300.000, quedando al final una diferencia de más o menos un millón de votos, perdiéndose otro tanto en abstención o votos en blanco.
Timonazo
Si nos atenemos a las cifras de las pasadas elecciones presidenciales, los votos de Santos corresponden a la fuerza del uribismo en su más pura expresión. Este es un dato interesante. Santos habría cumplido su meta: recoger todos los votos del uribismo (la clientela, los convencidos y los manipulados) que no le alcanzarían para ganar, porque al otro lado del espectro político estarían votantes de derecha, de centro y de izquierda que, aparte de la ideología misma de cada quien, desean un cambio de rumbo.
Pero no sólo la ideología marca la diferencia. También los estratos sociales. Mockus gana en el medio y alto y tiende a igualarse en el bajo, indicativo de que cada quien siente que la seguridad democrática no es su prioridad y ahora quieren que el nuevo gobierno se centre en otros problemas que los afectan mucho más.
Los estratos bajos quieren empleo, salud y acceso a la vivienda. Los estratos medios quieren mejor educación, poner a raya la corrupción y aumentar sus ingresos. Los altos desean potenciar la competitividad del país y reactivar el comercio fronterizo, hoy reducido en el caso de Venezuela a su mínima expresión. A esto se agregan los jóvenes que quieren un país de estudio y trabajo y no de corrupción y violencia.
En resumen, muchos colombianos quieren un timonazo que no les garantiza Santos como heredero de Uribe que por su obsesión guerrerista dejó de lado los grandes temas sociales y terminó aislado en la región y en manos de la corrupción. La política de guerra contra la subversión fue el primer paso, pero no puede convertirse en el fin último y eso comienza a entenderlo el país.
Los convidados de piedra
Salvo un grave suceso de última hora que afecte a uno de los dos candidatos punteros, la tendencia se va a mantener, por lo escaso del tiempo que le impide a Santos aventajar a Mockus, o a éste desprenderse definitivamente de su competidor, no descartándose que al final los separen apenas unos 2 ó 3 puntos porcentuales, recorte posible gracias a las maquinarias, la guerra sucia y la nueva propaganda de Santos que regresa a la identificación plena con el presidente Uribe en busca de sus votos, unido a los abstractos planteamientos de Mockus que generan confusión o la idea que cunde de que no tiene un programa de gobierno.
¿Y los demás candidatos? La caída libre de Noemí Sanín y el estancamiento en el fondo de la tabla del liberalismo, Cambio Radical y el Polo indican, para infortunio de ellos, que poco y nada tienen para ofrecer a Mockus y Santos. En esto, las encuestas son muy claras.
Independientemente de lo que digan y hagan sus líderes de cara a la segunda vuelta, los votantes de estas agrupaciones ya están mirando hacia los punteros y manifiestan abiertamente su intención de votar por uno de los dos. Aparte de esto, la percepción del 39% de los votantes, simpaticen o no con Mockus, es que creen que ganará las elecciones, hasta el punto de igualar por primera vez a Santos, lo que indica la incertidumbre que reina, pues comienza a verse a Mockus como una opción real de victoria, importante a la hora del voto útil.
El veneno y el antídoto
Se teme, y con razón, que aparte de la guerra sucia (los debates no cambian la intención de voto) haya constreñimiento al elector como se vio en Bucaramanga y Villavicencio, donde fueron engañados u obligados los beneficiarios de programas gubernamentales como Familias en acción para asistir a los mítines de Santos. Son cientos de miles de potenciales votantes que pueden desequilibrar los resultados.
No obstante, la drástica sanción de la Procuraduría al gobernador del Valle es posible que se convierta en una talanquera para los políticos regionales y locales o por lo menos los obligue a actuar con mayor sigilo, lo que limitaría de algún modo sus maniobras ilícitas.
A esto se agrega, en un hecho sin precedentes, la presencia de 30.000 testigos electorales del Partido Verde que vigilarán los escrutinios, cubriendo al menos la mitad de las mesas de votación. También estarán presentes la OEA, la Misión de Observación Electoral (MOE) junto al crecimiento del voto de opinión, el escrutinio de los medios y el Internet convertido en una poderosa herramienta de denuncia.
Pero…
¿Cambiará Colombia de rumbo y la trinchera dará paso al tablero? ¿La revolución de los lápices tendrá un final feliz? En un país diferente la apuesta tendría muchas posibilidades de ganar. En Colombia, es arriesgado el pronóstico. Demasiados intereses de por medio, empezando por los actores de la violencia y el narcotráfico que infiltraron el Estado, y los propios políticos tradicionales que no quieren perder sus prebendas, oscurecen el panorama.
De todas formas, aún si los uribistas se mantienen en el poder, se vislumbra el agotamiento de la era de los mandatarios guerreristas y comienza la transición a la de los estadistas. Aún es pronto para cantar victoria, y como toda transición, restan varios años para que el futuro lo construyamos multiplicando los tableros y no fabricando los muertos.
La buena noticia es que ya empezamos.