Presupuesto público y eficiencia económica
Columnas > Economía Por: Julián Rosero Navarrete5 dAmerica/Bogota abril dAmerica/Bogota 2011 12:33 COT
La mañana de hoy parecía ser fascinante; no obstante, las noticias matutinas espantaron la tranquilidad que reinaba con una nueva pilatuna del Dr. Silvio Berlusconi, primer ministro de Italia. ¡No! Esta vez no eran sus estridentes y —aceptémoslo todos— “envidiables” fiestas, sino la medida que tomó respecto a la privatización del manejo turístico del Coliseo Romano. Hasta ahora, Berlusconi, para la humilde concepción de quien les escribe, era un político convencional: de mayorías, escándalos y altibajos. Se podría decir que sus estridentes y —por favor, ¡aceptémoslo, muchachos!— “envidiables” fiestas no eran una gran problemática, siempre y cuando no se usaran los recursos del Estado para satisfacer tales agasajos. Sin embargo, el asunto del manejo privado de un monumento insignia de la historia de la humanidad sí tiene fuertes repercusiones, más aún con la discusión respecto a qué tan bueno es permitir que este monumento nade en las hondas piscinas de la eficiencia económica. ¡Es verdad! El mantenimiento de este monumento puede costar varios millones de euros al año, pero ¿es prudente dejarlo en manos privadas para su mera explotación?
Esto trae a colación una discusión que se da en las “arenas” de la economía: “eficiencia económica privada” ó “manejo público”. Usualmente, los resultados de la misma se materializan en recortes presupuestales en temas sensibles para el desarrollo social y cultural de las naciones. Un ejemplo de esto se puede evidenciar con el asunto de las asignaciones territoriales a salud y educación o en su defecto, con el manejo pensional en nuestro país. Es muy curioso que los “paladines” de la eficiencia económica defienden religiosamente su bendita “eficiencia” hasta incluso llegar a inmolarse en un recinto en donde no prime este pensamiento “fiscalista” y “eficientista” del manejo público. Pero no hacen lo mismo cuando este manejo “eficientista” afecta los intereses de los grupos de poder. Volviendo al tema de las asignaciones territoriales, en 2007 se disminuyó el incremento potencial que la Nación asignaba a salud y educación de los departamentos y municipios, supuestamente, por mantener bajo control el déficit fiscal. Pero… ¡oh sorpresa! La Nación siguió aportando un monstruoso gasto bélico, que hoy por hoy, se calcula en 5 billones de pesos anuales. ¿No tendrían estos “paladines de la eficiencia económica” que amarrarse dinamita en la cintura y hacerse estallar frente al Ministerio de Defensa por ese despilfarro de recursos? (pues sólo “compraron” con ellos un par de shows mediáticos con manos y cabezas de guerrilleros muertos)
Lo mismo ocurre con el asunto pensional. Es verdad que el problema de la pirámide poblacional ha causado un revuelo y más aún cuando está comprometida la sostenibilidad del Sistema. Pero, al igual que Berlusconi, ¿no es descabellado ceder el “Coliseo Romano” del bienestar futuro de los trabajadores a un puñado de Administradores de Fondos de Pensiones que mantienen sujetos los ahorros de todos al vaivén del mercado bursátil? Sobre todo cuando el colombiano común ve que cuando hay buen desempeño, el capital aumenta mil veces menos que cuando disminuye en un marco de pérdidas. Lo mismo ocurre con la discusión de la diferenciación en las edades de jubilación: para muchos, las mujeres, por el hecho de trabajar menos, ganar menos y vivir más tiempo, es suficiente para concretar que su edad de jubilación sea igual a los varones: “¡es que cuesta puntos del PIB mantener la diferencia!”, decía algún fanático de la eficiencia en algún espacio de discusión cibernético.
No obstante, la corta visión que proporciona la “eficiencia económica” hace olvidar a estos fundamentalistas de la economía que, en muchas ocasiones, la razón de ser de esos “punticos del PIB” adicionales es una compensación a un problema social: las mujeres ganan menos no por voluntad, sino por un problema de segregación laboral que redunda en menores salarios: según estudios, una mujer puede ganar hasta un 30% menos que un hombre en las mismas condiciones. De la misma manera, el rol social de la mujer y, sobre todo en un país latinoamericano, hace que su aporte a la sociedad no sólo sea como trabajadora convencional sino como quien guía el engranaje familiar, asunto que resulta de 24 horas al día.
Todo lo anterior lleva a reflexionar qué pretenden los “pastores religiosos de la eficiencia económica”. ¿Se debe dejar todo al vaivén del mercado? ¿Lo que “cueste” y no “les cueste” recortarlo? Y si “les cuesta”, ¿se debe entonces crear toda una pantomima metodológica para explicar por qué no se puede recortar? En ese orden de ideas, el cuento de la “eficiencia económica” resulta terriblemente absurdo cuando se menoscaba el bienestar del ciudadano y más aún, cuando también se arruina el bienestar social y desarrollo cultural de una comunidad. ¡Da susto! ¡Da susto que un día se proponga que cada edificio y cada cuadra responda por su pedazo de calle, pues se piense más eficiente que el manejo de una administración central! ¿Y los grandes monumentos? ¡Ni modos! ¡Convertirlos en centros comerciales!

