Pasatiempo: Odiar
Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez12 dAmerica/Bogota Agosto dAmerica/Bogota 2010 16:51 COT
Colombia - Cargada el 02.09.2010 15:22:30 COT
Las voces de equinoXio
12 dAmerica/Bogota Agosto dAmerica/Bogota 2010 16:51 COT
15 dAmerica/Bogota Julio dAmerica/Bogota 2010 16:21 COT
Es hora de que lo reconozca: no tengo amigos, soy insoportable, Facebook es la verdad del mundo. Ese sujeto a quien oí hablar a escondidas, mientras hacía que leía en el autobús, tenía razón. Quien no está en la red social no existe, quien no sonríe en los álbumes no es feliz. Yo no soy feliz y como tengo menos de 100 contactos soy una paria a quien nadie se acerca, ni siquiera cuento para las estadísticas, soy una vagabunda porque en caso de emergencia, en caso de necesitar contactos para lograr un trabajo o pedir un favor nadie me auxiliaría, al fin y al cabo quien no tiene amigos virtuales es sólo un fantasma en la red.
15 dAmerica/Bogota Junio dAmerica/Bogota 2010 17:19 COT
4 dAmerica/Bogota Enero dAmerica/Bogota 2010 22:28 COT
Sarah
Hace poco estuve en un concierto. De lo poco o mucho que entendí me quedó sonando la navidad de reserva.
Irene
¿Navidad de reserva?
Sarah
Sí, navidad de reserva.
Irene
¿Y qué es eso?
Sarah
Una navidad que tienes en cualquier momento del año, con tus gustos, tus condiciones, a tu medida.
Irene
Mmm me gusta, suena bien.
Sarah
Totalmente, yo quiero navidad de reserva.
Imagino que habrá mucha gente triste porque la época navideña se está acabando, ni qué decir de la decembrina, tiene las horas contadas, pero un momento, cierto, estoy hablando por mí.
Películas como El expreso polar me han enseñado que la navidad, el espíritu que la envuelve, está en el corazón, así que si se quiere tener navidad todo el año se puede.
La navidad, hasta donde mi verde grinch interior me deja entender, es una época donde se me invita a tratar mejor a los demás, olvidar las ofensas, ignorar mis deudas actuales para adquirir unas más grandes y costosas, porque de este modo, actuando así estaré siguiendo la tradición.
Mmm no, creo que estoy mal. Intentaré comenzar de nuevo. ¡Maldito grinch!
La navidad es una época de felicidad, para compartir con los seres queridos, para recordar a los amigos que están lejos, para reunirse en familia y agradecer al Creador todas las bendiciones que derramó sobre nosotros en este año que se termina. Es momento de renovar la fe en los sucesos que nos ocurrirán el próximo año, porque serán mejores, más dichosos que los pasados.
Esteeee, mmm, creo que tanta miel no me queda.
¡Carajo! Perdí la idea el hilo de lo que quería decir.
(Relectura rápida.)
La navidad de reserva es una temporada maravillosa. Poco se sabe de ella pero personas como yo la disfrutan mucho. Durante ella, que puede durar un mes, 3 semanas o 9 meses, cada quien es libre de elegir, pasamos momentos adorables junto a nuestros amigos, pero a diferencia de la navidad tradicional, no estamos obligados a celebrarla con toda la familia reunida, escogemos a unos cuantos, generalmente aquellos con quien mejor nos llevamos, para contarles los sucesos recientes de nuestra vida.
Considero la navidad de reserva una bendición. Como no tengo un menú preestablecido puedo comer desde una hamburguesa hasta arroz blanco, pero si no estoy de ánimo para un plato principal, disfrazo una taza de café o té de bebida tradicional, mientras saboreo cada trozo de torta de fresas. Al no cocinar o sonreír por obligación, muestro mi esencia de forma auténtica. Mi acompañante de celebración, con quien comparto o no sangre, está al tanto de que la versión mía que tiene al frente no está endulzada, adicionada con preservantes o maquillada especialmente para lucir exitosa en la ocasión.
La navidad de todos, la navidad tradicional (¿o era comercial?) está a punto de acabar, máximo llegará hasta el 6 de enero, pero por suerte para personas como Sarah, Irene y yo comenzará la otra, la de reserva, la que cabe en cualquier momento del año, la que nos alegra la vida sin símbolos universales ni director de marketing de temporada.
Para todos feliz pre-navidad de reserva.

28 dAmerica/Bogota Diciembre dAmerica/Bogota 2009 15:55 COT
Durante esta época del año en que se dañan puertas arrancando algunos adornos navideños pegados con silicona, se esconden otros, se estrenan regalos y se guardan unos más en los espacios vacíos dejados por la limpieza anual, se hacen evidentes varias cosas.
24 dAmerica/Bogota Diciembre dAmerica/Bogota 2009 17:20 COT
Los hombres viven quejándose de que las mujeres somos complicadas, están en lo cierto. Puedo confirmarlo y dar pruebas de la pesadilla que puede ser ir de compras con mujeres que piensan como mujeres, es decir, distintas a mí, aquellas que disfrutan ir al centro comercial incluso un 24 de diciembre, cuando la calma es lo antinatural.
Hace poco llegué de un centro comercial, de un supermercado más exactamente y para comenzar todo fue culpa mía. Aunque supe con algo de antelación que yo sería la responsable de organizar la noche de navidad esperé, deseé y hasta rogué por un milagro que me evitara ir a comprar comida para la cena. Previsiblemente el suceso no ocurrió y tuve que enfrentarme al caos compuesto por indecisión masiva, niños malcriados y logística insuficiente, porque no importa cuánto prepare el comercio la temporada, siempre, pero siempre, hacen falta empleados para atender a los clientes.
Llegué sin lista de compras, gran error. No sabía si además del plato principal y la ensalada tenía que comprar alguna salsa dulce para la carne elegida, ni si era necesario llevar pasabocas, sólo tenía una imagen borrosa de todo lo que rodea al té que tomo en las mañanas, así era muy difícil establecer si la comida que tenía en las bolsas era mucha o escasa. Para solucionar el inconveniente y salir pronto del sitio, que cada vez tenía filas más largas para pagar, llamé a casa para saber qué hacía falta, la respuesta me dejó peor:
“Trae una ensalada, que no sea cara pero tampoco pequeña, recuerda que no a todos nos va bien la mayonesa, además es bueno tener algo de sal y algo de dulce para acompañar la carne, ah y yo no quiero cocinar más, entonces no vengas con fruta o verduras para picar, pero si hace falta ensalada es mejor traer un melón o una piña”
Si usted entendió algo lo felicito, yo no. Preferí despedirme y colgar, buscar algunas cosas más en las góndolas, hacer cálculos mentales y esforzarme para recordar cómo es la meditación trascendental activa, intentando no perder la paciencia y la cordura mientras volvía a la caja para pagar el segundo mandado del día, sin haber salido aún del primero.
Cuando iba llegando noté que no traía salsa para la carne, ni de manzana, ni de ciruelas, nada. Al salir del supermercado la línea que hice para cancelar los productos era el triple de larga que cuando la comencé, en esas condiciones me negaba a volver a ese lugar de tortura, donde la gente se queja porque descubren que no venden lo que nunca han comprado. Yo fui hasta el autoservicio más cercano, pedí maní y una compota de manzana, con el primero entretuve el hambre mientras resolvía mi almuerzo, ahora imaginen qué le va a pasar, más tarde, a la carne con la segunda.
Ya viene, ya se acerca el reclamo, se me dirá con razón, que las salsas que venden al lado de los medallones de cerdo debieron darme una pista de lo que hacía falta, que ya se las arreglarán con lo que traje, pero que mejor habría sido llamar cada dos minutos preguntando si lo que echaba en la canasta estaba bien o no, sin importar que me tardara 3 horas comprando la comida, que muy seguramente dentro de 10 años nadie recordará. Hoy es un día especialmente complicado para ir de compras pensando como hombre. Me consta.
21 dAmerica/Bogota Diciembre dAmerica/Bogota 2009 8:44 COT
He escuchado, más veces de las que puedo contar, cuán aburridos están muchos con el inicio adelantado de la época decembrina, he sabido de atrocidades donde se combinan imágenes de Papá Noel con espantapájaros y padezco, invariablemente, año tras año una celebración rancia y vacía de significado, una que siempre llega precedida por los pegajosos e insoportables villancicos.
Apenas comienzan a escucharse en radio comerciales navideños, aparecen los omnipresentes ring-tones en los celulares de los transeúntes, que destrozan la novena sinfonía de Beethoven y martillan irritantes las notas musicales que, en otras geografías, niños preadolescentes armonizan con sus voces. Como si fuera poco al concierto de ruidos automotores, que se vive todo el año en la ciudad, se le suma la moda de algunos microempresarios que usan timbres melódicos para anunciar la llegada de un nuevo cliente de temporada a su establecimiento.
El odio generalizado hacia el silencio es algo que aprendí a la fuerza, a los gritos, a los estruendos, ahora sé que a las personas no les gusta pasar más de un 5 segundos, corrijo, 2 segundos seguidos en ausencia de sonido, así sea el traqueteo de la aspiradora, la licuadora y el zumbido sordo de los políticos corruptos cobrando sus comisiones, todos juntos, al tiempo, sin pausa ni transición entre uno y otro.
Los industriales, siempre más ingeniosos que yo, entendieron pronto el comportamiento de sus compradores y produjeron luces de navidad con música de villancicos incluida, para que el espíritu llene todos los sentidos, mientras asesina a las irreproducibles neuronas. Su innovación tiene profundas raíces tradicionales.
Hace años, cuando rezaba la novena de aguinaldos en familia y nadie se reía de la frase ¡Oh santísimo José, esposo de María y padre putativo de Jesús!, aunque en ese entonces tampoco se conocía masivamente el significado del adjetivo ‘putativo’, cantábamos, también sin reflexionar mucho, villancicos como Nanita Nana, Campana sobre campana o A Belén, pastorcitos al punto que quedaron archivados en mi cerebro, junto a mi nombre de pila, mi grupo sanguíneo y mi número de documento de identidad. El resultado de este efectivo entrenamiento es que apenas entro a un lugar donde suenan, en el ambiente, cancioncillas como estas, debo hacer un esfuerzo real y consciente para detener el tarareo que me provocan.
Realmente, los villancicos parecen ser la música del demonio, que no culpen al reggaetón, ese llegó tarde, cuando los de mi generación y los de otras varias, ya habíamos sido programados para cantar de memoria, cuantas frases sin sentido aparecen en los cantos melosos que, se supone, amenizan y preparan la llegada del mesías. No existe nada que me incite con tanta aberración como un Cascabel, lindo cascabel sonando en una sala de espera con revistas viejas, justo el día que olvidé en casa el libro de turno, ni siquiera el famosísimo Rompe llegó a ser cantado tantas veces en mi presencia como para que pueda corearlo completo y sin errores.
Es claro que mi época favorita del año es marzo, o digamos agosto, en fin, el mes es lo menos importante de todo, lo que suma es la ausencia de luces, hipocresía, verde, rojo, papel brillante, etc. A finales de octubre-noviembre-diciembre-comienzos de enero se materializan elementos navideños a los que puedo cerrar los ojos, como un árbol decorado con calabazas al frente de una fábrica, sin embargo es un hecho comprobado que los oídos no tienen párpados, por ello no me queda más remedio que soportar la letanía de burros, pastores, camellos, vírgenes lavanderas y demás fauna y flora que decide aparecer en esta, eterna, época del año.
Invéntense otros cuentos, otros argumentos, otras razones, el diablo está en los detalles y para mí también está en los villancicos, no en el reggaetón.
17 dAmerica/Bogota Diciembre dAmerica/Bogota 2009 21:28 COT

photo credit: kevinspencer
Confieso que parezco una extraterrestre para la mayoría de mis semejantes, si es que realmente puedo llamarlos así, porque encuentro felicidad en lugares y situaciones que ellos podrían llamar aberrantes, por ejemplo disfruto pasar una tarde tranquila de sábado, en casa, leyendo, no en un centro comercial viendo vitrinas y comprando lo que no necesito; o prefiero viajar sola antes que con un novio aburrido, tonto y con apariencia de modelo de portada de revista para disimular mi soledad. Estoy sola, por elección, porque no la temo y porque la disfruto, porque el “mejor sola que mal acompañada” es para mí una declaración de principios más que un refrán pasado de moda.
Así como a algunos no les sale bailar en una fiesta, porque no saben o porque no les gusta, de veras, aún sabiendo cómo hacerlo, a mí no me sale sonreír y cantar villancicos en diciembre. Para mí la época de fin de año es un obstáculo anual, una prueba que debo superar con gracia año tras año, antes de que se me entregue el crédito por la nueva edad que estrenaré en enero.
Supongo que hubo una etapa de mi vida en la que realmente disfrutaba las luces en el árbol y en el pesebre, casi puedo recordarla, las figuras de goma con las que se ordenaba este último, en casa de mis abuelos, parecían enormes, y lo eran dado el tamaño de mis manos, el olor a aserrín precedía al caminito que llevaba al establo donde estaban María y José esperando al niño, además el poder encender luces de bengala en la entrada de la casa era algo mágico, con todo y las quemaduras accidentales cuando, creyendo que aún quedaba una más sin usar, la levantaba para encontrarme con un hierro ardiente.
Más tarde, las figuras fueron perdiendo color, las luces unidas por un cable se convirtieron en una manguera llena de bombillitos, más parecida a un neón que a un rosario y la pólvora fue prohibida, y bueno, digamos que maduré, por lo que comencé a ver todo distinto.
Ahora que tengo las manos más grandes, y en general todo el cuerpo, me parece que el pesebre es un objeto más de decoración para esta temporada, creo que el árbol sirve para reforzar el ego de los poseedores, me basta con observar cómo se abren durante este mes las cortinas de las casas, que el resto del año permanecen cerradas escondiendo vergüenzas. Las personas sacan lo mejor de su exhibicionismo para mostrarnos cuán grande y verde lo tienen, luego, en las noches nos dan una muestra inmejorable de su falta de creatividad, esa que las empuja a ponerle un margen de luz a las ventanas o a pegar al vidrio la caja de luces, tal y como venía de la tienda, porque parece una hermosa estrella y ya no podrían dibujarla al sacar las luces de su recipiente.
Lo sé, el grinch interno me sale sin esfuerzo, ni siquiera he visto la película de Jim Carrey para inspirarme, una adolescencia placentera, vigilada por los ojos de MTV con la gran Daria en su reparto fue suficiente para formar parte de mi identidad actual. La navidad no tiene sentido para mí, ya no, es más, nunca lo tuvo, lo que podría llamarse significado era una sensación difusa de bienestar por ser una niña consentida y el anhelo de los regalos que traería el ficticio Niño Dios. No se confunda, no me quejo, ahora que esas promesas se rompieron, ahora que sé cómo es realmente la historia me veo en la obligación de encontrar fuentes de alegría legítimas y más frecuentes, que casi nunca vienen envueltas en papel de colores, ni acompañadas con manjares que se supone sólo coma en ésta época del año.
No sé usted, pero yo como buñuelos cuando quiero, cuando me los encuentro en la calle recién preparados, para mí la navidad no es una excusa para la felicidad, podrá ser una excusa ajena para gastar. Yo, en cambio, me doy el lujo de estar contenta sin importar la fecha en el calendario.
8 dAmerica/Bogota Noviembre dAmerica/Bogota 2009 14:24 COT
Por medio de una tercera supe de un estudio que hicieron en NYU acerca del crecimiento de autores, igualando el término con el de bloggers.
Basados en estadísticas de usuarios de diversas redes sociales como Twitter, Facebook y demás herramientas, usadas para darle a conocer al mundo hasta el color de la ropa interior, los investigadores afirman que cuando la población mundial llegue a los 10.000.000.000 de habitantes se podrá hablar de una blogósfera literalmente, pues cada uno de los seres humanos tendrá un espacio donde publicará algo. Nótese que no se especifica qué se dará a conocer ni la calidad del contenido.
Teniendo en cuenta que nuestra especie no es capaz de hablar apenas nace, ni tampoco tiene la motricidad suficiente para usar un computador y navegar en internet, sin tocar el tema de que carece de elementos suficientes para entender las instrucciones que le pemiten abrir una página en una red social o subir archivos a Internet, supongo que para inflar los números se incluye a todas las personas que son susceptibles de generar material que alimente la web 2.0.
photo credit: Liliane Ferrari
Pensando de este modo creo que se subvalora el potencial de creación de contenido, también se podría contabilizar a todas las especies del planeta, descubiertas y por descubrir, ya que una persona que se acerque a una de estas para registrarla por medio de fotografía, video o simplemente describiéndola, podría abrir un blog como si la especie en cuestión fuera la autora del espacio. Creo que a este paso todavía podemos esperar nuevas explosiones en el uso masivo de Internet, por ejemplo cada célula será capaz de tener su blog, su cuenta de Twitter o su perfil en Facebook.
Tanto se ha centrado la atención en la cantidad y en el qué al punto que nos olvidamos del cómo.
Hay miles de estudios, que copiando al Conde Contar, entran en éxtasis cuando deben dar los resultados de los tantos cientos de miles de personas que usan las nuevas herramientas, datos muy bien presentados en preciosas diapositivas de Powerpoint que luego son subidas a internet, para que los neófitos tengan el privilegio de acceder al sacrosanto conocimiento numérico. ¿Quién se pregunta cuántos usan las tecnologías 2.0 de un modo crítico? ¿Cómo sería un sistema para la cualificación de la información que no se base en votos de opinión?
Seguro que hay preguntas más interesantes, más valiosas que deben hacerse.
El sentido de los estudios acerca del uso de Internet y de los contenidos crecientes debe acercarse más a la construcción de pensamiento, al mejoramiento de la convivencia entre los que estamos, incluso a la reducción de la población mundial en vez de estar sacando cuentas como una vieja sumadora con rollo de papel que sólo hace lo que la mano le dice.
30 dAmerica/Bogota Septiembre dAmerica/Bogota 2009 12:37 COT
Confieso que tengo gran capacidad de asombro para algunos asuntos mientras que para otros estoy completamente habituada. Puedo sentir fascinación nueva y fresca cada vez que observo una libélula o una mariposa, pero no me sorprendo cuando las personas se dicen y se creen mentiras repetidas. Ante otros eventos tengo opiniones, reacciones encontradas, por ejemplo las noticias diarias, hay semanas en que no las soporto y hay otras en las que las busco, engañándome, creyéndome que me darán algún sentido de arraigo o de pertenencia.
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