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Colombia - Cargada el 02.09.2014 00:16:37 COT 


Columnas

Las voces de equinoXio

Dos a uno: lágrimas de dolor y agradecimiento

Columnas > Con los taches arriba Por: Rafa XIII

4 dAmerica/Bogota julio dAmerica/Bogota 2014 22:50 COT

James Rodríguez

Mientras escribo estas líneas cae un tremendo aguacero sobre la capital colombiana. Parece que el cielo también estuviera llorando esta inmerecida eliminación de Colombia en el mundial Brasil 2014, a manos de la selección local y con la complicidad manifiesta del árbitro español Carlos Velasco.

No se trata de una actitud rencorosa ni de un sentimiento de malos perdedores de parte de los colombianos, sino de una certeza acerca de algo que se veía venir en los días anteriores al partido y que desgraciadamente se confirmó a medida que pasaron los 90 minutos de juego en estadio Castelão de Fortaleza. Se temía que la terna arbitral estuviera cargada del lado de Brasil y, en efecto, así sucedió.

De todas maneras, Colombia no hizo lo que tenía que hacer para contrarrestar el hecho de jugar contra doce (más bien catorce, contando los jueces de línea) y permitió que la selección auriverde se pusiera arriba en el marcador demasiado rápido. Había que aguantar al menos 20 minutos, pero a los seis del pitazo inicial cayó el primer gol local, en una desatención de Carlos Sánchez en el tiro de esquina, que dejó libre a Thiago Silva para anotar sin marca alguna en el arco de David Ospina. Cualquier planteamiento que hubiera tenido José Pékerman tendría que empezar a modificarlo inmediatamente, porque la opción era empatar o salir goleado. Daba lo mismo perder por uno o por diez goles, igual, seríamos eliminados.

La igualdad casi se dio a los diez minutos, con un remate de media distancia de Cuadrado que habría cambiado la historia del juego. De ahí en adelante, fue un monólogo de pito en contra de Colombia, porque el central señalaba absolutamente cualquier falta cometida por los nuestros mientras se hacía el de la vista gorda con la golpiza que Fernandinho, Paulinho y Marcelo les dieron a James y a Cuadrado. Las tarjetas amarillas apenas si se vieron al final de la primera parte, a pesar del concierto de patadas, agarrones y empujones de los brasileños.

Menos mal Ospina soportó incólume el aluvión. A los 19, contuvo dos tiros consecutivos de Hulk y Oscar, otro más de Hulk en el 27, un cabezazo de Fernandinho a los 33 y un tiro libre de Neymar Jr. a los 43. Lo mejor era que el primer tiempo terminara pronto, de modo que don José le cambiara la cara al equipo nacional en el camerino en el entretiempo, como tantas veces lo había hecho.

El XI titular colombiano en Fortaleza

Como se dijo más arriba, la cuestión era empatar o salir goleados. Pékerman sacó a Ibarbo, metió a Ramos y la tricolor se vio más ofensiva. Guarín se acercó con un zurdazo de media distancia a los 58. Y vino la jugada polémica a los 65. Tiro libre cobrado por Rodríguez, borbollón en el área y Mario Yepes finalmente metió la pelota en el arco. El árbitro y el asistente señalaron fuera de lugar, que en ningún momento existió porque, si bien en el instante previo a que James pateara Guarín estaba adelantado, cuando la bola iba por el aire regresó a posición lícita y él NO participó en la acción. Yepes, Zapata y Ramos, que saltaron a cabecear en el racimo de jugadores, estaban en línea con los defensas verdeamarelos. No había ninguna razón para anular la anotación colombiana.

Y como el mandadero tenía que completar su misión, dos minutos más tarde, Velasco pitó una falta inexistente de James —con tarjeta amarilla para el 10 cucuteño— sobre Hulk, que causó el tiro libre para el golazo de David Luiz. Ahora había que pensar no en hacer un gol para empatar, sino meter dos para alcanzar el milagro. Enseguida entró Bacca por Teófilo Gutiérrez. Si íbamos a perder, que fuera con las botas puestas.

El premio al esfuerzo de la selección cafetera se dio por un penalti increíblemente pitado a nuestro favor por Velasco. Habría sido el colmo que no lo concediera. Júlio César, el arquero de Brasil, derribó a Bacca cuando se encaminaba a la portería. Era penal, en Fortaleza, en Río de Janeiro, en Bagdad y en Cafarnaúm. Pero también debió ser expulsado el guardameta, puesto que era el último hombre y cortó con infracción una jugada inminente de gol. El referee se lavó las manos con una simple tarjeta amarilla. Gol de James Rodríguez, 2-1. Entró Quintero por Cuadrado y parecía que se iba a conseguir la hazaña.

Los últimos diez minutos del partido fueron la demostración de que Colombia tenía con qué jugársela el todo por el todo y que Brasil, muerto de miedo, solo pudo superarnos con la complicidad de los hombres de negro —hoy de verde—. Pedían tiempo, pegaban, pegaban y pegaban. Tras el penal anotado por Rodríguez hubo seis llegadas al área de Júlio César por ninguna a la de Ospina, que incluso se aventuró a cabecear un tiro libre en el tiempo agregado, cuando ya habíamos quemado las naves.

James y Pékerman

Final del encuentro. James lloró, Pékerman lloró y todos lloramos. Tristes, porque no sólo los coterráneos sino también los extranjeros vieron que el resultado estuvo ensombrecido por la intervención de un arbitraje amañado y localista, pero a la vez sentimos una gratitud enorme hacia este plantel de futbolistas, que desde el DT hasta el tercer arquero fueron unos dignos, dignísimos representantes del fútbol colombiano y que lograron la mejor figuración en nuestro corto historial mundialista.

Gracias a don José, a James y a todos. Lo que hicieron superó las expectativas del más optimista de los hinchas. Si queremos estar en Rusia 2018, lo mejor es darle continuidad a este proceso y hacer oídos sordos a voces estúpidas como la de Carlos Antonio Vélez y sus secuaces, que, favoreciendo oscuros intereses personales como la promoción de jugadores de su cuerda y la obtención de comisiones, claman por el regreso de la rosca maldita que impidió el avance del fútbol de Colombia en las tres eliminatorias anteriores.

DOS a cero: Colombia, entre los ocho mejores del mundo

Columnas > Con los taches arriba Por: Rafa XIII

28 dAmerica/Bogota junio dAmerica/Bogota 2014 23:19 COT

James Rodríguez

Asumí el riesgo de escribir en caliente, cuando por fuera de la ventana retumban las vuvuzelas y, a pesar de la prohibición, la harina vuela por los aires y los borrachos se tambalean en los andenes. Colombia celebra alborozada esta clasificación inédita a los cuartos de final de la Copa Mundial de la FIFA Brasil 2014.

¿Por qué? Es la única forma de interpretar lo sucedido en los noventa minutos antes de que se enfríe la emoción, y el fragor de lo ocurrido en la cancha se convierta en una simple estadística de formaciones, tiros al arco, faltas, tarjetas y porcentajes de tenencia de la pelota, acompañadas de las imágenes en video de los goles. Ese el registro para la posteridad, pero lo que se siente entre pecho y espalda no es capaz de describirlo ningún alfabeto de ningún idioma, ni la cámara con la más alta definición que se haya inventado hasta el momento.

Colombia, al mando de José Néstor Pékerman, superó al palmarés de Uruguay, con sus dos títulos mundiales, sus dos olímpicos y sus casi veinte Copas América, jugando al fútbol, y aprovechando dos de las tres oportunidades de gol que tuvo durante el trámite del partido. El gran protagonista de la jornada fue sin duda James Rodríguez, que esta vez se puso el traje de definidor en lugar del de pasador, anotando un gol antológico de picabarra a los 27 minutos de la inicial, y otro con su pierna menos hábil —la derecha— a los tres del segundo tiempo.

James Rodríguez

Como era de esperarse, los uruguayos dieron muchas dificultades, puesto que que generaron nueve remates al arco colombiano, conjurados por David Ospina, siendo las más destacadas la atajadota a un tiro de media distancia de Cristian Cebolla Rodríguez en el minuto 18 de la segunda parte; la que le detuvo con el pecho a Maximiliano Pereira, cuando el reloj marcaba 33 minutos de la complementaria; y una más a Édinson Cavani, faltando siete para el pitazo final. Pero también los celestes se dedicaron gran parte del tiempo a repartir pierna fuerte y malintencionada, en la mayoría de los casos dirigida a Cuadrado, James y Teófilo Gutiérrez, con la complacencia del árbitro neerlandés Bjorn Kuipers. La más infame de todas fue una patada sin el balón en juego de Gastón Ramírez a Pablo Armero. Era para tarjeta roja directa, pero el central de manera increíble amonestó a Armero, seguramente por dejarse pegar. Tanto a los charrúas como a sus cuasi hermanitos, los argentinos, siempre se les ha reconocido ese espíritu de lucha que los lleva a no rendirse tan fácilmente ante la adversidad, con lo cual han logrado una cantidad de triunfos en circunstancias heroicas cuando todo parecía perdido. Pero también es amplio su historial de sucesos bochornosos cuando son vencidos por sus oponentes. En el Cono Sur, particularmente en ambos lados del Río de la Plata, son pésimos perdedores, y acuden a cuanta cochinada saben para ensuciar el triunfo de quienes los derrotan.

No deja uno de pensar cómo habría sido esta Selección Colombia en Brasil si hubiera estado Radamel Falcao García. Si así no más gana, gusta y a veces golea, ¿qué tal si lo tuviéramos a él? Creo que ni el más optimista de nosotros esperaba una presentación tan llena de elogios por parte de los expertos y los aficionados rasos, que ven en la tricolor —ahora bicolor, por cuestiones de la moda— un estilo de juego práctico y contundente, en el que Pékerman ordena, James ejecuta —con Cuadrado, Teo, Jackson y Sánchez como escuderos— y Yepes, Zapata y el gran Ospina custodian la retaguardia como perros de presa.

Hemos superado el listón dejado en Italia 1990 en esta fase, cuando Roger Milla nos envió de regreso a casa, tras aquel lamentable error de René Higuita. Unos días antes de comenzar el mundial, más exactamente el 23 de mayo, decía pensando en voz alta que era iluso y absolutamente contrario a la razón, pero que nada costaba soñar con que el capitán Mario Alberto Yepes regresara a Colombia con un trofeo en la mano. Hoy, todavía sigue siendo iluso y contrario a la razón pensar que esto sea posible, pero el derecho a soñar continúa. El viernes 4 de julio, en el estadio Castelão, de Fortaleza, nos espera Brasil, con sus cinco títulos mundiales, ocho Copas América, cuatro Copas Confederaciones y más de 200 millones de torcedores en contra nuestra. Ya eliminamos en franca lid a un grande como Uruguay, ahora vamos entonces por otro, y por la hazaña…

CUATRO a uno: el diez y el récord

Columnas > Con los taches arriba Por: Rafa XIII

25 dAmerica/Bogota junio dAmerica/Bogota 2014 13:37 COT

James Rodríguez

La nueva edición de esta columna parecía escribirse sola, porque un marcador tan abultado prácticamente diría todo y era poco lo que habría agregar a un triunfo categórico, que demostraba la superioridad futbolística de Colombia sobre Japón en el partido de cierre de la primera fase del Grupo C, en Brasil 2014.

Pero no fue así. Un equipo puede golear a otro con tres o más anotaciones, todas de penalti, o con un par de goles ilegales que desequilibren un apretado uno a cero, o el árbitro puede mermar a uno de los oncenos con expulsiones, y luego de que éstas se producen, el rival aprovecharse de la ventaja numérica y pasarle por encima.

No ocurrió nada de eso en el Arena Pantanal, de Cuiabá. Lo que en realidad sucedió tuvo lugar en el intermedio del juego, en el que, como ya es usual, José Néstor Pékerman determinó la variante que cambió para bien del seleccionado cafetero el curso de las acciones.

Y es que en el primer tiempo la cosa estuvo fea. Los japoneses, con apenas un punto en la tabla, se aferraron a la pequeña esperanza matemática que aún les quedaba para clasificar, que consistía en vencer a Colombia y esperar un empate entre Costa de Marfil y Grecia, para intentar superarlos por gol diferencia. Después del penal convertido por Cuadrado, con el que la tricolor colombiana se puso adelante, hubo cuatro opciones claras de gol de los nipones, por parte de Kagawa (dos), Honda y Okubo. El empate, como dicen en España, estaba al caer, y cayó en el último minuto de la inicial, con un cabezazo de Okazaki, superando en el centro del área a Carlos Valdés, que llegó tarde a cerrarlo.

El diez

Cuando parecía que había fracasado el experimento de haber puesto desde el vamos a ocho jugadores diferentes a los de los anteriores partidos, el técnico compuso el andar de Colombia, mandando al terreno de juego a James Rodríguez a partir del comienzo de la etapa complementaria. De inmediato se sintió la mejoría del equipo. El desorden que había tenido el combinado nacional en la primera parte, con un Quintero deslucido y gris, se transformó en un engranaje perfectamente sincronizado.

Como en los mejores días del Pibe Valderrama, la camiseta 10, ahora con Rodríguez, fue la que distribuyó la pelota a lo largo y ancho del césped. El 2-1 llegó en un tirazo cruzado de Jackson Martínez, tras un pase de, adivinen de quién… de James, que se la dejó servida, a un lado del punto penal. Por fin se le abría el arco a Chachachá. Con ese resultado morían las ilusiones de Japón, porque necesitaría no sólo voltear el tanteador sino hacer bastantes goles y, para colmo de males, ya iba ganando Grecia. Esto no quiere decir que los japoneses no lo intentaron, pues de hecho tuvieron tres disparos al arco después del segundo gol de Colombia, pero era demasiada el agua en contra con la que tenían que remar y en el arco estaba David Ospina.

¿Les digo de quién fue el pase en profundidad desde casi la mitad de la cancha para el tercer gol de Colombia, y segundo de Jackson? Adivinaron. OTRA VEZ de James Rodríguez. Y para que la faena fuera completa, el propio James nos regaló el 4-1, con una espectacular jugada individual de doble enganche sobre su marcador y una obra maestra en la definición, para el delirio de la fanaticada en las gradas del estadio y en todos los rincones del país y del mundo en donde hubiera alguien nacido en esta tierra. El diez de Colombia no solo entrega la pelota en bandeja para que sus compañeros la pongan en el fondo de la red, sino que también los hace cada que tiene la oportunidad. Ante la ausencia de Falcao, el gran James Rodríguez es quien lidera a nuestra selección en el campo de juego y lo hace con lujo de detalles.

El récord

Faryd Mondragón

Con el partido resuelto, vino el momento para la historia. Pékerman utilizó el cambio que le quedaba para rendirle un homenaje a Faryd Mondragón, y de paso convertirlo en el jugador más veterano en la historia de los mundiales de fútbol, a sus 43 años recién cumplidos. Además de la ovación cerrada de los hinchas y del registro para la posteridad, el guardameta vallecaucano le puso el moño a su carrera deportiva atajando en el tiempo de adición un remate de Kakitani.

Hace 16 años, en Francia 1998, Mondragón lloró de tristeza al ver que su esfuerzo sobrehumano en el partido contra Inglaterra había sido inútil y que, si bien evitó una goleada de proporciones vergonzosas, de todas maneras quedamos eliminados en aquella ocasión. Ahora lloró de alegría y nostalgia, al recibir el reconocimiento de la afición que vio en él, en Córdoba y en Calero a los tres arqueros más importantes del pasado reciente de nuestro fútbol.

Fue una actuación extraordinaria de Colombia. Llegan los cuartos de final frente a Uruguay el sábado 28 de junio, en el Maracaná de Río de Janeiro. Ahí comienza –o termina- todo otra vez. En cualquier caso, serán 90 o 120 minutos en los que contendremos la respiración.

DOS a uno: ¡estamos clasificados!

Columnas > Con los taches arriba Por: Rafa XIII

20 dAmerica/Bogota junio dAmerica/Bogota 2014 10:41 COT

James Rodríguez y sus compañeros

Sabíamos de antemano que no iba a ser fácil. Y no fue fácil. Desde un comienzo teníamos claro que el rival a vencer en este grupo era Costa de Marfil, y los elefantes africanos de verdad que fueron el oponente más difícil que ha tenido Colombia desde aquel épico partido contra Chile en la eliminatoria sudamericana, el día que se obtuvo la clasificación a Brasil 2014.

Basta con repasar las acciones del primer tiempo en el Mané Garrincha, de Brasilia, para darse cuenta de que los marfileños no dejaron que nuestra selección tuviera el más mínimo ápice de comodidad para desplegar su juego. Pékerman repitió la formación con la que se impuso a Grecia hacía cinco días, pero esta vez Víctor Ibarbo, uno de los más destacados de dicha jornada, fue completamente distinto: aparatoso en el choque, nulo en los piques y torpe para eludir a la zaga. En general, la tricolor no pudo llegar mucho al arco de Costa de Marfil en la etapa inicial. A los cinco, Teófilo Gutiérrez falló un tiro desde fuera del área sobre el palo de la mano izquierda de Barry. La razón principal para la mala definición de Teo fue que el balón le quedó para la pierna zurda, y él es diestro. A los 16, fue Zokora quien estuvo a punto de cometer un autogol al desviar un centro de Cuadrado. Y a los 27, otra vez Gutiérrez se encasquilló al momento de finalizar un pase preciso de James al punto penal. De nuevo le quedó el esférico para su perfil menos hábil. A estas tres opciones colombianas habría que sumarle un tiro bastante chueco de James Rodríguez que pasó lejos de la meta. Eso fue todo nuestro volumen ofensivo en los primeros 45.

Costa de Marfil mantuvo a raya a Colombia con base en el juego fuerte, con faltas reiteradas sobre Cuadrado, a quien le dieron golpes de manera alternada Tiote, Zokora, Serey y Boka. El equipo de Lamouchi también se acercó a la valla de Ospina con relativa peligrosidad, con lanzamientos de Aurier a los 31 y Serey a los 36. Sobre los 43, hubo una jugada que en mi concepto era penalti por empujón de Zapata sobre Gradel, el cual por fortuna para Colombia no fue concedido por el juez central Webb.

Pékerman nos tiene acostumbrados a cambiarle la cara al equipo para el segundo tiempo. No sabemos qué les dirá en el intermedio, pero siempre que las cosas no andan como queremos en el inicio, para el complemento se ve al combinado nacional con otra actitud. Hasta Ibarbo, que había estado intrascendente, se inventó una jugada a los tres minutos en la que increíblemente se gambeteó a sí mismo, desperdiciando una oportunidad clara de anotar porque, de haber sido exitoso en el drible en la medialuna, quedaba de frente al arco. Instantes después vino el movimiento que enderezó el rumbo colombiano, con la entrada de Juan Fernando Quintero por el propio Ibarbo. Automáticamente, James tuvo el socio ideal para generar peligro. Y fue precisamente por los pies de Quintero que pasó el balón que Cuadrado estrelló en el horizontal. El reloj marcaba 13 minutos de la segunda etapa.

Lamouchi envió a Drogba a la cancha. Se produjo un “¡Uh…!” entre los que estábamos viendo el partido, porque esa era el arma más poderosa de los africanos. Lo paradójico es que no llevaba ni 180 segundos en el césped cuando en un tiro de esquina que cobró Cuadrado, cabeceó James —¡ganándoles el salto a los gigantes Drogba y Zokora!— y fue el primer gol colombiano. La reacción de Costa de Marfil no se hizo esperar, y ahí de nuevo apareció Ospina a los 22 para conjurar el tirazo de Aurier. Afortunadamente, dos minutos más tarde, James le robó la bola a Serey en la bomba central, recibió Gutiérrez, y éste le hizo el pase mortal a Quintero, que la mandó al fondo de la red con sutileza y sangre fría.

No era necesario correr más riesgos. Arias entró a tapar el hueco que dejaba Armero al ir al frente y que era aprovechado constantemente por Aurier para hacer daño por esa banda. Sin embargo, quedó un agujero por el otro lado, y Gervinho, solo, sin la ayuda de nadie, se llevó por delante a Aguilar, Sánchez y Zúñiga para poner el descuento. Una jugadota individual del 10 marfileño al servicio del AS Roma. Quedaban 17 minutos, los cuales, desde nuestro punto de vista, iban a durar ochenta segundos cada uno, sin contar los que agregaran en la reposición. Había que resguardarse y por eso Pékerman puso a Mejía en lugar de Aguilar, pero se negó a renunciar del todo al ataque. Cuadrado tuvo el tercero faltando 15 minutos, y Quintero quiso colgar a Barry con un globo de más de media cancha que por poco se mete en el pórtico.

Para, como dicen los entendidos, cerrar el partido, se debe contar con jugadores curtidos, con muchos almanaques y vueltas olímpicas encima, que sepan emplear la marrulla adecuada para neutralizar el avance del otro equipo y enfriar los ímpetus. Yepes fue el hombre de los últimos cinco minutos y del tiempo adicional. Les ganó a todos en lo canchero. Hasta se dio el lujo de cometer un penal de esos que no le pitaban nunca en contra a Pasarella, Baresi o Moore. Nadie lo vio, y aunque lo hubieran visto, ningún árbitro se lo habría marcado, por puro respeto a su veteranía.

El pitazo final y el empate entre Grecia y Japón instalaron a Colombia en octavos de final de esta Copa del Mundo, en donde enfrentará a alguno de los dos seleccionados que clasifiquen en el grupo D. Ya igualamos lo conseguido hace 24 años. Cualquier instancia que alcancemos de aquí en adelante será nuestro nuevo referente histórico que dejará atrás el 4-4 con los soviéticos en Chile 1962 y el 1-1 con Alemania en Italia 1990.

TRES a cero: el debut soñado

Columnas > Con los taches arriba Por: Rafa XIII

15 dAmerica/Bogota junio dAmerica/Bogota 2014 8:39 COT

Pablo Armero

Colombia puso fin a 16 años de ausencia mundialista con una gran victoria, ganando y goleando a Grecia, y dando un paso importante con miras a clasificarse a la segunda ronda de Brasil 2014.

Dicen los viejos zorros del fútbol que ganar el primer partido del mundial no solo es un gran golpe anímico favorable para el grupo de jugadores, el cuerpo técnico y la afición, sino que aumenta exponencialmente sus posibilidades de seguir con vida en el torneo. En el caso colombiano, nuestra única aventura más allá de la primera fase se dio precisamente en Italia 1990, al vencer en su primera aparición por dos a cero a Emiratos Árabes. La derrota ante Yugoslavia y el empate con Alemania pusieron a Colombia en octavos de final, en donde Camerún nos envió de vuelta a casa. En las otras participaciones anteriores y posteriores, arrancamos perdiendo el primer juego (1-2 con Uruguay en Chile 1962, 1-3 con Rumania en Estados Unidos 1994 y 0-1 también contra Rumania en Francia 1998) y quedamos eliminados luego de los tres partidos de rigor.

Claro que perder el primer juego o uno de los encuentros de la ronda inicial tampoco es una sentencia de muerte. De hecho, Argentina perdió con Italia 0-1 en 1978, de todas maneras avanzó y fue campeón. Más recientemente, en Sudáfrica 2010, España cayó ante 0-1 ante Suiza y también se alzó con el título. En cualquier caso, y haciéndole una extensión al postulado pambeliano de que es mejor ser rico que pobre, en los mundiales y en cualquier otro torneo, largo o corto, siempre será mejor arrancar ganando que perdiendo.

Y eso lo tenía absolutamente claro el técnico José Pékerman. El DT de la selección Colombia supo sortear la desventaja que tenía desde antes del pitazo inicial al no tener entre sus once jugadores a la figura máxima de Radamel Falcao García, cuya lesión fue imposible de recuperar a tiempo para contar con él en este mundial. En los partidos de fogueo realizados en los últimos meses había empezado a destacarse el desempeño de Víctor Ibarbo, futbolista de quien, a la primera impresión, uno estaría tentado a pensar que por ser un camaján (para los no colombianos, esta palabra es sinónimo de corpulento) no es habilidoso. Todo lo contrario: es veloz, con una zancada larga que supera a quienes lo intenten marcar, y poseedor de una muy buena gambeta. Partiendo desde el medio, Ibarbo llegó permanentemente por el costado izquierdo del ataque cafetero, para hacerle compañía a Teófilo Gutiérrez, que sobre el papel era el único atacante.

El gran temor de todos era que, ante la ausencia irremediable de Falcao, autor de la mitad de los goles de Colombia en la eliminatoria, el combinado tricolor quedara castrado en su capacidad ofensiva. Por fortuna, no fue así. El gol que rompió la sequía de más de una década y media lo hizo Armero, el lateral izquierdo, muchas veces cuestionado por ser demasiado bueno para proyectarse en ataque, pero no tanto para regresar a su obligación básica, que es la de defender.

De la misma manera que se le hicieron reparos en su momento a Armero por subir mucho y bajar poco, la defensa colombiana en general estuvo en entredicho en gran parte de la eliminatoria y los amistosos debido, por ejemplo, a la lentitud de los centrales Yepes y Perea. Con todo, el argumento estrella de Pékerman para desvirtuar tales señalamientos era el de que la valla menos vencida fue la nuestra. Y eso tiene su explicación: a Colombia le llegaban, pero David Ospina nos salvaba los muebles, con voladas milagrosas que evitaban goles cuasi cantados.

Esta vez no fue la excepción. Cuando finalizaba la primera parte y Grecia se había apoderado del control de la pelota, Ospina hizo una atajada portentosa ante un remate furibundo de Panagiotis Kone, que de meterse en el arco pudo haber cambiado la historia del juego.

Teófilo Gutiérrez

James Rodríguez, opaco durante prácticamente toda la primera parte, salió con otra actitud para la complementaria, y eso se reflejó en la mejoría del equipo. James se puso la ropa de organizador, haciendo la pausa cuando los griegos apuraron y acelerando el ritmo cuando ellos estuvieron a contrapié. En alguna ocasión le comenté a un grupo de amigos en una tertulia de fútbol que Teófilo Gutiérrez en la selección era destacadísimo jugando en Barranquilla y menos desequilibrante en los partidos de visita, tal vez porque le hacía falta el fervor de su público. Con un estadio Mineirão lleno en un 98 por ciento con aficionados colombianos, Teo debió sentirse como si estuviera en el Metropolitano, pues su trabajo frente a Grecia fue digno de un nueve sobre diez, con una anotación en el momento clave para darle la tranquilidad a Colombia, porque, instantes después, un cabezazo de Theofanis Gekas pegó en el horizontal y de picabarra regresó al terreno de juego.

Era el momento de los cambios. Pékerman, para mantener el resultado, y Santos, para tratar de achicar la distancia. Este duelo también lo ganó el entrenador argentino. Aguilar, Arias y Jackson Martínez reforzaron la marca —los dos primeros— y el ataque —el último—, aunque Martínez no generó realmente oportunidades manifiestas de peligro en el arco helénico.

James Rodríguez

Faltaba el gol de James, que llegó en el tiempo de reposición, merced a un taco de lujo de Cuadrado. Fue el premio al mejor del partido. Un debut soñado, con un marcador abultado que es beneficioso para un eventual desempate (¿con Costa de Marfil?) por el ítem del gol diferencia y con el alivio de que, aún sin Falcao, Colombia tuvo juego colectivo y poder anotador. Estamos alegres. Es apenas normal que celebremos con alborozo. Pero no despeguemos los pies de la tierra.

Quintana y Urán, de oro y plata

Columnas > Con los taches arriba Por: Rafa XIII

1 dAmerica/Bogota junio dAmerica/Bogota 2014 12:49 COT

Nairo Quintana
Rigoberto Urán

Los de mi generación somos unos privilegiados. Hace tres décadas, siendo niños y adolescentes vimos cómo Alfonso Flórez ganaba por primera vez una carrera en Europa: el Tour de l’Avenir, en 1980. Poco después, vimos también a Lucho Herrera coronando el mítico Alpe d’Huez en el Tour de Francia de 1984. En el 87, a través de la radio y la televisión, nuestros oídos y ojos fueron testigos de cómo el mismo jardinerito de Fusa llegó primero a Lagos de Covadonga, se adueñó de la camiseta de líder y el 15 de mayo se consagró como el primer —y hasta ahora, único— colombiano en ganar la Vuelta a España. Lucho fue el máximo exponente del pedalismo nacional, secundado por otros grandes corredores como Fabio Parra, Martín Ramírez, Francisco Rodríguez, Édgar Condorito Corredor, José Patrocinio Jiménez, Israel Pinocho Corredor, Samuel Cabrera, Manuel el Jumbo Cárdenas, Herman Loaiza, Nelson Cacaíto Rodríguez, Pablo Wilches y Abelardo Rondón, entre otros. Cada uno de ellos, en mayor o menor medida, fueron nuestros ídolos y motivo de grandes satisfacciones para la afición colombiana.

Alfonso Flórez

Ahora que estamos en la madurez, vemos con alegría que volvemos a tener verdaderos monstruos de la bicicleta, como los de aquellos viejos tiempos. Lo que han alcanzado Nairo Quintana y Rigoberto Urán no solo iguala sino que supera con lujo de detalles las hazañas de nuestros corredores criollos en la década de los ochenta del siglo pasado. Al triunfo de la Vuelta a España (la tercera competencia de ruta más importante del mundo) en 1987 de Herrera y al tercer puesto de Parra en el Tour de Francia (la carrera más importante) de 1988, le anteponemos el doblete como subcampeón de Urán en el Giro de Italia (la segunda carrera a nivel mundial) en 2013 y 2014, el subtítulo de Quintana en el Tour francés del año pasado y su flamante corona de campeón del Giro italiano en este 2014, el triunfo más importante del ciclismo colombiano de ruta en toda su historia.

Este Giro ha tenido sabor a Colombia por donde se le mire. Desde la etapa 12, la franela de líder de la competencia estuvo en poder de un compatriota. Rigoberto Urán se adueñó de la codiciada maglia rosa –camiseta rosada— el 22 de mayo, en la contrarreloj individual entre Barbaresco y Barolo, y la cedió a Nairo Quintana cuando éste ganó la etapa Ponte di Legno-Val Martelo, cinco días más tarde. El boyacense mostró un paso impresionante en el ascenso, a pesar de haber tenido en las horas previas dificultades de salud debido a un resfriado. La consolidación de Nairo se dio en la cronoescalada individual del viernes 30, en una durísima subida a la Cima Grappa, desde casi el nivel del mar hasta los 1.775 metros de altura, lo cual, para las condiciones climáticas y topográficas europeas, es comparable a trepar a un páramo de los nuestros que esté por encima de los tres mil metros. Quintana ganó la etapa y le sacó ventaja suficiente a sus perseguidores como para correr tranquilo el sábado y el domingo hasta la meta final, por cuanto dejó a su compatriota Urán a 3:07, al italiano Fabio Aru a 3:48 y al francés Pierre Rolland a 5:26. A no ser que ocurriera una debacle de proporciones nunca vistas, era imposible que a Nairo le quitaran el máximo lugar de honor del podio en Trieste.

Sin embargo, Quintana no bajó la guardia en la fracción del 31 de mayo, también montañosa y con llegada en un puerto de primera categoría en el Monte Zoncolan, y se mantuvo al acecho de los que protagonizaron fugas. Para que no quedaran dudas, mantuvo a Urán con la misma distancia y amplió la diferencia sobre Aru y Rolland, que al término del vigésimo tramo quedaron a 4:04 y 5:46, respectivamente. No había nada que hacer. Era solo cuestión de hacer el desfile triunfal el último día, alistar las banderas, las botellas de champaña y empezar a celebrar.

Julián Arredondo

Amén del uno-dos en el podio, la actuación colombiana en Italia significó también la maglia bianca —camiseta blanca— para el propio Quintana como el mejor joven de la competición y la maglia azzurra –camiseta azul— para Julián Arredondo como el mejor de la montaña, quien además se impuso en la categoría de la combatividad. A manera de bonus track, Nairo alcanzó el primer lugar en el escalafón de la Unión Ciclística Internacional, con 345 puntos, frente a 308 de Alberto Contador. Todo salió a pedir de boca. Como hace tres décadas, hoy mi generación afortunada está aquí para verlo, oírlo y disfrutarlo.

Los hombres de Pékerman

Columnas > Con los taches arriba Por: Rafa XIII

13 dAmerica/Bogota mayo dAmerica/Bogota 2014 21:07 COT

Tras una larga pausa, ocasionada por circunstancias de fuerza mayor, retomo este espacio en la época precisa en la que el mundo se apresta a vivir el evento máximo del rey de los deportes: el Mundial de Fútbol Brasil 2014.

Ha corrido bastante agua por debajo del puente desde la columna anterior, publicada a finales del año pasado, aún en medio de la euforia por la clasificación de Colombia a la cita orbital, poniendo fin a 16 años de ausencia. Primero vino el sorteo de los grupos, en los que nuestra selección, en su condición de cabeza de serie, evitó toparse en primera instancia con los equipos más fuertes, y como se dice coloquialmente, le dieron pasto para que pase sin mayores apuros a octavos de final.

Con la llegada de 2014 empezaron las malas noticias. La lesión de Radamel Falcao García sembró la preocupación en los hinchas colombianos, porque tal como ocurrió en 1994 con el Pibe Valderrama, perdíamos a la figura más importante del equipo. Otros jugadores seleccionables, como Teófilo Gutiérrez, Éder Álvarez-Balanta y Mario Alberto Yepes, también sufrieron inconvenientes de salud por golpes fortuitos y lastimaduras de rutina que no revistieron la misma gravedad que el caso de Falcao.

Desde entonces, la evolución médica de García ha sido difundida por los medios más con el corazón que con el rigor científico que debería tener. Es claro que él quiere jugar el mundial, que todos los colombianos queremos que él juegue el mundial, y hasta los de los equipos contrincantes quieren que él esté en el mundial, pero únicamente un milagro atribuible a los recién canonizados Juan XXIII y Juan Pablo II permitiría que el Tigre, además de ir a Brasil 2014, esté en condiciones plenas para jugar. Nos pasó con el ya mencionado Valderrama en Estados Unidos 1994, que se recuperó pero anduvo a media máquina, siendo un extra sin parlamento en la pobre actuación que tuvo Colombia en canchas norteamericanas a pesar de su favoritismo. Dos décadas después, por más campañas que hagan en televisión, por más trinos y retrinos en Twitter, y cadenas de mensajes que se publiquen en los muros de Facebook, la rodilla de Falcao no estará al 100 % para el primer partido de la tricolor ante Grecia el 14 de junio.

Los convocados

Por esta razón José Pékerman fue prudente y paciente en grado sumo para dar su lista de 30 preseleccionados. Esperó hasta los últimos quince minutos de la última hora del último día de plazo que daba la FIFA para tal propósito. Así terminaron cuatro meses de conjeturas y especulaciones que hacían —hacíamos— los 47 millones de directores técnicos en potencia que existen —existimos— en Colombia. Y haciendo uso de mi condición de “técnico” de “mi selección”, previamente, a través de las redes sociales, el 7 de mayo me aventuré a lanzar los 23 nombres que en mi concepto serían los seleccionados…

Los trinos photo Trinos_zps06dd0e98.jpg

ARQUEROS: Ospina, Mondragón y Vargas. DEFENSAS: Zúñiga, Armero, Arias, Yepes, Zapata, Álvarez y Mosquera. VOLANTES: Aguilar, Guarín, Valencia, Cuadrado, Rodríguez, Sánchez y J.F. Quintero. DELANTEROS: Bacca, Gutiérrez, Martínez, Ramos, Ibarbo y Muriel.

Y estos fueron los 30 que llamó Pékerman (en itálicas los siete jugadores extras):

ARQUEROS: David Ospina, Faryd Mondragón, Camilo Vargas. DEFENSAS: Éder Álvarez-Balanta, Santiago Arias, Pablo Armero, Aquivaldo Mosquera, Mario Yepes, Cristian Zapata, Camilo Zúñiga, Luis Amaranto Perea, Carlos Valdés. VOLANTES: Abel Aguilar, Edwin Valencia, Juan Guillermo Cuadrado, Fredy Guarín, Juan Fernando Quintero, Carlos Sánchez, James Rodríguez, Aldo Leao Ramírez, Alexander Mejía, Macnelly Torres y Elkin Soto. DELANTEROS: Carlos Bacca, Teófilo Gutiérrez, Víctor Ibarbo, Jackson Martínez, Luis Fernando Muriel, Adrián Ramos y Falcao García.

Nada mal. Acerté 22 de los 23 porque no quise poner a Falcao. Consideraba y aún considero innecesario, al igual que muchos colegas, el hecho de llamar a 30 para luego dejar 23. La mayoría de los técnicos mundialistas hicieron de una vez su lista definitiva y asunto terminado. De todas maneras, los escogidos por el DT argentino al servicio de la Federación Colombiana de Fútbol se ajustan a la realidad del momento y al proceso que dio como resultado la clasificación. Ellos han sido sus hombres de confianza y merecían la convocatoria. Además, había que incluir a Falcao para no echar por tierra la enorme parafernalia mediática y publicitaria que se ha levantado en torno a él. Aunque no juegue, García será una especie de Cid Campeador, que gane las batallas sin estar en el combate, pero que con su sola mención y presencia sirva como elemento de disuasión para los contendores.

Así las cosas, los siete que pueden quedar al margen de la planilla que se inscribirá a comienzos de junio ante FIFA para el campeonato serían Perea (por algo llamó a Mosquera), Valdés, Álvarez-Balanta, Guarín (que no puede jugar el primer partido por haber sido expulsado en la última fecha de la eliminatoria), Soto, Mejía y Muriel.

Nuestros rivales

En cuanto a los llamados por los tres equipos que enfrentarán a Colombia, tampoco hubo mayores sorpresas. Costa de Marfil tiene a Didier Drogba, Gervinho y Yaya Touré como figuras descollantes, y en mi concepto es el único equipo que de verdad le hará oposición al combinado colombiano en el Grupo C. La velocidad de los africanos puede llegar a ser un verdadero dolor de cabeza ante centrales lentos como Yepes, Perea y/o Mosquera, y laterales que van al ataque y no regresan, como Zúñiga y Armero.

Con respecto a los otros dos, no nos digamos mentiras. Esta Grecia no es la misma que ganó la Eurocopa de Naciones en 2004 ¡hace DIEZ años a punta de táctica murciélago! En la lista de 29 futbolistas dada a conocer por Fernando Santos hay doce jugadores que militan en la liga helénica, y de los que juegan en el exterior sobresalen Sokratis Papastathopoulos, del Borussia Dortmund, Vasilis Torosidis, del Roma, y Giorgios Samaras, del Celtic de Glasgow. Los demás están en equipos de poca relevancia.

En Japón, si bien es cierto que de los que quedaron campeones de Asia en 2011, también al mando del actual entrenador italiano Alberto Zaccheroni, fueron convocados trece integrantes, esa superioridad en su continente (casi hegemónica en tres de las últimas cuatro versiones de la Copa Asiática), no se ha visto reflejada en sus participaciones mundialistas: dos eliminaciones en primera ronda y dos en octavos de final. Son buenos, aunque tampoco es para salir corriendo a escondernos del susto. Pero por si las dudas, cualquier precaución no sobrará para tener a buen recaudo a Hasebe, Honda, Kagawa y Okazaki.

Bogotá: la maldición de la no movilidad

Columnas > Economía Por: Julián Rosero Navarrete

4 dAmerica/Bogota marzo dAmerica/Bogota 2014 13:08 COT


Manifestaciones tras colapso del sistema Transmilenio, Estación General Santander (Avenida NQS), 4 de marzo de 2014 (Foto original: Sandra González Franco).

En tiempos de revocatoria, destitución y la desgracia de una posible interinidad, surge ante los ojos de los ciudadanos el eterno problema de la ciudad: la movilidad. Hace unos días, el diario El Tiempo publicó un artículo que hacía alusión a la falta de planeación de la ciudad; cómo quienes se encargaron de diseñarla, en aras de traer un falso progreso y crecimiento urbano, decidieron trazar avenidas rectas y planas como la apariencia gris y tosca que luego proyectaron, llevándose por delante monumentos y finos espacios arquitectónicos. Como enuncia el artículo, Bogotá fue demolida una y otra vez, volviéndola así la ciudad de “ensayo y error”, y llevando a erigir el leviatán urbano que es el día de hoy.

Claramente, esa fue la filosofía, el trasfondo de esta urbe: un completo caos de cemento que redundó en la imposibilidad de pensar una ciudad en crecimiento, una metrópoli, en volver habitable el conglomerado urbano más importante del país. A nadie se le ocurrió hace varias décadas que la ciudad capital, entrado el siglo XXI, iba a contar con más de 8 millones de habitantes, con una población flotante de más de 10 millones y con una densidad poblacional que, si se excluye la localidad de Sumapaz, supera los 15.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Y fue esa miopía la que llevó a que ciertos académicos en la década de 1970, desde un prestigioso think thank que es irrelevante nombrar, propusieran gastar recursos para demostrar que no valía la pena usar fuentes del erario para construir un metro. Que el sistema existente ya era por sí eficiente y, pues, no requería tal inversión. Que se gastara esa platica en otros menesteres. Así pues, el monstruo de ciudad que se venía se quedó sin una solución estructural para el problema del transporte masivo.

Manifestantes toman vías de Transmilenio y presencia de la fuerza pública, tramo entre estación de Comuneros y estación de Ricaurte (Avenida NQS), 4 de marzo de 2014 (Fotos originales: Ángela Pérez España).

El problema del metro ha estado en el debate público desde entonces. Esta ciudad, por la cantidad de habitantes que tiene y su densidad poblacional, necesita todo un sistema integrado de transporte: metro, buses articulados, buses urbanos tipo SITP, trenes de cercanías, ciclorutas, etc. Sin embargo, a lo largo de las últimas décadas tan solo se han formulado soluciones cortoplacistas: desde la troncal de la Caracas (luego un nido de delincuencia) hasta el afamado Transmilenio (al borde siempre del colapso). Y es tal la visión de “ensayo y error” que quien impulsó el proyecto Transmilenio, con tal de entregar rápido la obra la ciudadanía, aceptó una infraestructura incompatible con los suelos de la ciudad, que llevaría a un imparable reparo de las losas que la conforman. Esto, claramente, ha costado miles de millones de pesos al erario distrital. A los bogotanos les ha costado mucho dinero esa falta de visión. Alguna vez, cuando un experto extranjero en alguno de los tantos foros que se ha hecho sobre el tema cuestionó por qué no se había encaminado todos los esfuerzos financieros en Bogotá para la construcción de un metro y un sistema integrado, algún experto del peñalosismo le respondió que un sistema así era como un Rolls Royce y pues, que solo había dinero para un “Mazdita”. La respuesta del experto redundó en que ese es el problema de los latinoamericanos: que ven la política pública en temas de mejora en movilidad como si fuera un lujo y no como la necesidad que es.

Hoy por hoy, el sistema Transmilenio sigue al borde del colapso y las soluciones alternativas aún no responden a la demanda que tiene la urbe. La ciudadanía constantemente hace manifestaciones para exponer el descontento y cada vez más surge una ciudad con una movilidad imposible. Y no es del todo culpa de los gobiernos socialistas de Petro y Lucho, ni de la mediocre visión de ciudad de Samuel o Peñalosa: es la ausencia de un pacto social, de un acuerdo último y total sobre la movilidad como algo esencial. Es culpa de la ausencia de voluntad política, no solo de los cabildantes y el ejecutivo distrital sino también de la falta de compromiso de empresarios, organizaciones ciudadanas, de la sociedad en su conjunto, para encaminar una solución estructural al problema.

Finalmente, cabe señalar que si nunca se da un pacto social por la movilidad y no se instituye la voluntad política para lograrla, como menciona el artículo antes citado, Bogotá continuaría siendo un “sueño de ciudad inconcluso”, un “juego inmemorial de piezas intercambiables” que, en comparación a las grandes urbes, no sería más que un gigante amorfo y amotriz, con millones de transeúntes que nunca se pusieron de acuerdo para enderezarla.

El ‘avivado’ estudiante promedio

Columnas Por: Julián Rosero Navarrete

10 dAmerica/Bogota enero dAmerica/Bogota 2014 14:52 COT

Hace ya varios años, el hoy exprofesor de la Universidad Javeriana Camilo Jiménez hizo pública su carta de renuncia a la docencia cuyo contenido generó un debate de suma importancia para la opinión pública colombiana: las capacidades del actual estudiante universitario promedio en Colombia. Muchos docentes, incluyendo quien escribe el presente artículo, se adhirieron a lo expresado por Jiménez, no solo por estar conscientes de la “limitación” de muchos estudiantes que tienen acceso a la educación superior, sino también, como diría el profesor César M. Gómez, de la “subordinación de la educación a una lógica neoliberal de producción”.

Retomando con la cita antes suscrita, en la actualidad, el servicio de la educación superior se mercantilizó a tal punto que pareciese ver a un alumnado en medio de cualquier rutina de shopping, adquiriendo títulos profesionales sin estar consciente del arduo proceso de aprendizaje de competencias. Claramente, eso no es culpa solo del estudiantado, sino también de muchas “universidades de garaje” al imponer la concepción del estudiante como cliente. Es un debate tan extenso que un solo escrito no es suficiente para abordarlo.

En aras de concretar el punto del presente artículo y continuando con las “prácticas de garaje”, una de las cosas nefastas que se llevan a cabo en las instituciones de educación superior es tomar lista en las clases. Esto no solo por reducir de la manera más ‘escuelera’ posible ese espacio, sino porque fomenta en el estudiante una cultura de la “obligación” frente a algo a lo que él mismo decidió acceder y para lo que invirtió tiempo y dinero. Si una persona entra a una universidad, por omisión se asume que hay disposición al aprendizaje, ya sea cumpliendo con los requerimientos académicos y/o, concomitantemente, dejando volar la curiosidad para ir más allá de los contenidos de los programas. A nadie obligan a entrar a una Universidad, pues por definición el entrar a una no es más que un proceso de libre albedrío al que pocos tienen el privilegio de acceder. Si la persona no cuenta con la dedicación o se rehúsa a destinar el tiempo necesario para responder con los requerimientos académicos y/o llegar a desbordar los contenidos programáticos, pues es mejor que no vaya a “calentar puesto”. Si no cuenta con la dedicación o se rehúsa destinarle tiempo, desista de entrar a universidad, más bien colabore para acabar con ese mercado de “universidades de garaje” o, en su defecto, no le quite el cupo en el rival sistema de educación pública colombiana a otra persona que sí tiene la disposición de aprender y asistir a clase.

¿A qué viene todo esto? Porque es inaudito el debate que se ha venido dando respecto a un accidente que tuvo una estudiante de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Al principio, con solo leer el titular en los diarios, da la impresión que la universidad en serio tuvo que ver en este terrible impasse. Cuando los ojos inquietos pasan de dicho titular al contenido del texto, uno se da cuenta que no era así, pues se trataba de una estudiante que no contaba con el tiempo de asistir a clase (¡vaya a saber uno por qué!) y por ello, al perder el espacio en donde el profesor explicó los procedimientos, no logró replicar de manera correcta un experimento teniendo como resultado la amputación de uno de sus miembros. Sin duda, eso que en el párrafo anterior se denominó “obligación” la indujo a que “avivadamente”, así no contara con el trasfondo técnico ofrecido por su profesor, llevara a cabo el proceso con esos terribles resultados. Lo más prudente hubiese sido que ella hubiese desistido de presentar ese experimento para aprobar la materia y aplazado verla cuando realmente contara con el tiempo, pues antes de ella habían pasado 800 estudiantes que sí lograron replicarlo gracias a tomar detenida nota y prestar atención al espacio que el docente ofreció para tal fin.

No obstante, se escuchan voces de muchos colegas en las cuales se dice que se llame lista y que si las o los estudiantes faltan a más del 20 % de las clases entonces que reprueben o que no se les permita presentar sus trabajos finales. Reitero, ¿acaso la universidad es una escuela primaria? ¿Por qué se le tiene que “rogar” al estudiante que vaya a clase y se deben emplear sistemas casi punitivos para que así sea? ¿No es ya un estudiante universitario lo suficientemente grande como para asumir sus responsabilidades y las consecuencias por la omisión de éstas?

Claramente, el argumento principal de llenar planillas de asistencia es que se debe tener el sustento documental en las facultades para poder enfrentar las quejas de los estudiantes y cosas como la de la estudiante en mención. Sin embargo, ¡eso es peor aún! Que las universidades necesiten de este tipo de pruebas documentales para defenderse de las arremetidas de los estudiantes es algo sumamente perverso. Si bajo este marco se concibe el aprendizaje de competencias, entonces nadie se debe extrañar de por qué tan solo una universidad colombiana se encuentra en el top 300 del mundo (curiosamente, institución en donde no se usan planillas de asistencia en las clases). Que se les tenga miedo a los estudiantes menoscaba por todos los frentes contra la calidad educativa, pues las universidades, por mantenerlos apaciguados, resuelven disminuirles la exigencia y la rigurosidad a los que sí quieren aprender.

En fin, tras esta breve reflexión es prudente volver a avivar el debate que inició Jiménez y que continuaron profesores como Richard Tamayo, César Mario Gómez, entre otros, con el fin de plantear soluciones a infinidad de prácticas que van en detrimento del aprendizaje universitario en Colombia.

Produciendo un cuento de hadas

Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

26 dAmerica/Bogota diciembre dAmerica/Bogota 2013 13:33 COT

Era lunes y era julio cuando yo tenía, al menos, tres certezas. Una: encontrar a una pareja gay que organizara bodas no sería sencillo. Dos: en caso de encontrarla necesitaría una maniobra complicada para confirmar su inclinación. Y tres: el sábado siguiente nadie me pediría que sostuviera el centenar de globos rojos que harían parte del final feliz de Yeny y Carlos.
Hoy, cuando ya no es lunes y julio es recuerdo, esas tres certezas han desaparecido.
***

La mañana del martes en que conocí a Sergio Acosta, uno de los organizadores de bodas que produce espectáculos únicos para las parejas que lo contratan, llevaba un ejemplo listo para explicarle, con delicadeza, porqué quería saber más de su mundo: tan inusual como es ver a profesores hombres dando clases a niños de pre-escolar es encontrar a un hombre que ocupándose de tareas que, en apariencia, han sido tradicionalmente femeninas.
Minutos más tarde me dijo que justamente el hecho de ser gay es su marca distintiva, porque cuando las mujeres sueñan con el día más feliz de sus vidas no sólo imaginan al príncipe azul sino que desean la magia que puede traer un hada madrina o, como ocurre en este caso, un padrino mágico.
***

Todavía no son las diez y media de la mañana de un sábado de agosto cuando Sergio sube a una camioneta, en la que puede leerse Sergio Acosta ─ Event Designer, que lleva, en el platón y bajo una lona negra, las compras hechas en un supermercado que más tarde será un ejemplo exquisito del caos en la tierra.
Mientras conduce, por la ya congestionada Autopista Norte, menciona algunos de los requisitos de su negocio:
─En este trabajo uno debe saber de todo: de vinos, de comida, el maridaje es importante, de protocolo, de moda, porque las viejas y las mamás siempre le preguntan a uno “¿cómo me voy vestida?, esto ¿me va a quedar bien?”. La profesión hace que uno se vuelva experto en mil cosas.
De otras habilidades, más y menos obvias, también necesarias para tener éxito en la organización de bodas, me hablará luego, entre sillas parecidas a malvaviscos, envueltas en plástico, y bajo un techo con luces navidad y ondas de tul.
***

Tan sorprendente como ver una caja de herramientas, robusta y bien dotada, haciendo parte del montaje de una boda, me resultó oír a Sergio hablando del poder de los huevos.
Quizás actualizando una costumbre, relatada por Rosa Pereda en El amor: una historia universal, que aconseja llevar huevos a las hermanas clarisas, para evitar que llueva el día de la boda, Sergio les sugiere a los novios llevar a un ancianato, y personalmente, tantos huevos como invitados hubiere a su matrimonio.
Luego, en la capilla que está a unos 150 metros del salón de recepciones, Jason, el auditor financiero con quien Sergio comparte viajes y vida desde hace más de un año, me dirá, al tiempo que prepara móviles hechos con palomas de papel y cuentas transparentes, porqué los matrimonios campestres no están de moda:
─En Bogotá tú nunca sabes cuándo va a llover, nosotros somos súper afortunados, nunca ─jamás─ nos llueve, pero es un riesgo que es mejor no correr.
***

Jason y Sergio, de pie en el lugar que Yeny y Carlos ocuparán horas más tarde, frente al altar.
Los detalles que faltan para terminar la decoración de la capilla sólo serán puestos después de que otra pareja se prometa amor eterno en una ceremonia que empezará a las cuatro de la tarde, pero los preparativos que se han tejido desde el día anterior ya comienzan a tomar forma.
Sergio habla de lo lindo que está quedando todo y de sus ganas de casarse. Jason sonríe, tal vez mientras piensa que el riesgo que sí está dispuesto a correr es el dejar que Sergio tome todas las decisiones de la organización de su matrimonio. Jason sólo quiere vivir la ceremonia de bendición de argollas y disfrutar la celebración, como lo han planeado desde hace meses, cuando aún no había pasado un año desde el día en que se conocieron.
***

A las tres de la tarde la magia de los árboles, que sostienen velas apagadas, y la del puente, sobre el que se colgarán globos de luz, se ve amenazada.
La organizadora de bodas, que está a cargo del otro salón que tiene la hacienda donde se casarán Yeny y Carlos, se ha llevado la escalera que estaba siendo usada para varias tareas del montaje. Un mesero va a pedirle que regrese la herramienta, pero la mujer no cede y responde “la cogí y ¿qué?”. Cuando Sergio se entera de la situación su escaso mal humor se enciende y deja ver la faceta de madre protectora que también usó a la hora del almuerzo, para convocar a todo su personal.
Más tarde la escalera volverá al territorio conocido, pero luego surgirá otra crisis que ahora nadie sospecha.
***

Los jeans, las camisetas y los aretes llamativos han sido reemplazados por ropa formal, oscura, y por joyas silenciosas. Las mesas del salón, los muebles para coctel y la constelación de accesorios que los complementan posan impecables frente a las cámaras de los meseros, de los floristas, de los luminotécnicos y de los fotógrafos profesionales.
El pastel, que en su único tercio comestible sostiene a una pareja de novios de madera, exhibe collares de fantasía en medio de una mesa cubierta con pétalos de rosas, mientras ve llegar a los postres traídos de un lugar frío y encerrado.
Una maleta con aire vintage, que Sergio siempre lleva a los eventos que organiza, y que fue usada por sus papás en su luna de miel, ahora está en el baño de mujeres, sosteniendo los zapatos de caucho que más tarde usarán las invitadas cuando necesiten descansar de los tacones. A centímetros de ella, una canasta discreta y una caja transparente guardan parte del inventario dispuesto para atender emergencias estéticas y estomacales.
***

Hacia las cinco y media de la tarde estoy al lado de Wilbur, el asistente principal de Sergio, esperando que los invitados y los ─ya─ esposos del otro matrimonio comiencen su celebración. Entre el séquito una mujer que tiene encima el brillo de las lentejuelas atrae la atención de Wilbur:
─¡Divino ese vestido!
Tal vez le recuerde, a este Licenciado en Educación Física, los que sus compañeras usaban cuando bailaba en el ballet Tierra Colombiana.
Los aplausos y las sonrisas siguen. La jefe de las aseadoras de la hacienda, que también está con nosotros, propone entrar a la capilla por la puerta trasera, para terminar la decoración.
Corremos con discreción, entramos y seguimos con los preparativos. Cierro la entrada principal mientras sigue el festejo de los esposos nuevos. Una aspiradora, también nueva, comienza a tragar pétalos amarillos.
Acomodo una especie de velas largas y huecas al lado de las bancas mientras Wilbur riega pétalos blancos a lado y lado de la alfombra roja. Llegan los encargados de las luces para instalar reflectores con filtros rosa y violeta. Uno de ellos hace templar la base metálica, escondida entre flores, que sostiene un farol blanco.
Llegan los amigos y los familiares más puntuales de Carlos y Yeny. Y entre ellos, ella.
***

La mamá de la novia, luego de ver el resultado, casi definitivo, del trabajo de más de setenta personas, dirá “¡¿eso era todo?!”, ejerciendo el poder de quien pagó para que su hija viviera un cuento de hadas.
La misma mujer inventará otra tarea de última hora para el personal de Sergio: poner más velas en las mesas del salón y en el puente sobre el estanque.
La orden se cumplirá mientras se alistan los juegos pirotécnicos y se desea en voz alta diciendo: “me voy a casar y le voy a decir al jefe que me haga el matrimonio”.
***

Hay lujos que un organizador de bodas puede darse, por ejemplo probar, bien entrada la fiesta, los cocteles con los que se embriagan los invitados, pero hay otros que están prohibidos, como dejar pasar mucho tiempo sin lucir una sonrisa en frente de quienes lo contratan.
Sergio, intentando olvidar la tensión extra que acaba de aparecer, vuelve a enfocarse en los protagonistas indiscutibles de la noche.
Antes de que comience la ceremonia religiosa le dice a Carlos que cuando vea a la novia debe besarla en la mejilla y no en la boca, poco después corre con Wilbur hasta donde está Yeny ─cien metros más allá─ para arreglarle el velo y para asegurarse de que el vestido, inmaculado, no se lastime al cerrar la puerta del carro que la llevará hasta la capilla.
***

Pasadas las siete de la noche y antes de que los novios esposos den sus primeros pasos, como pareja solemne y reconocida, me convierto, sin intentarlo, en la responsable de uno de los actos que le darán un carácter inolvidable a las escenas siguientes.
Diego, auditor jurídico, amigo de Sergio y de Jason, que es feliz organizando bodas, porque le dan espacio para “explotar ese lado gay que no puedo explotar en mi trabajo” en una empresa del gobierno, me pide que sostenga dos racimos de globos rojos mientras va a un lugar donde lo necesitan más.
Al regresar no sólo no se los devuelvo sino que tengo que oír a Sergio apurando para que los desprendan uno por uno para dárselos a las personas que llenan la capilla, antes de que Carlos y Yeny le den la espalda al cura, pues serán sorpresa y preámbulo del número de fuego que más tarde se verá en el cielo.
Y ahora que escribo, después de haber sentido los ruidos de la fiesta, las voces, el tintineo de las cucharas, la risa y el olor de la hierba, de alguna manera dentro de mí, usando palabras de Katherine Mansfield en Fiesta en el jardín, me pregunto si también hubo globos rojos en esa boda planeada en Suiza de la que Sergio, Diego y Diana, otra cliente de Sergio, me hablaron en ocasiones distintas.
***

Hace unos meses, cuando Diego llegó del trabajo se encontró con una situación inesperada.
En la sala del apartamento, que Sergio, Jason y Diego comparten, estaba Sergio ─que también usa ese lugar como sede de su negocio─ atendiendo a una pareja que hacía poco se había casado. La mujer, llorando, fue hasta donde Diego para abrazarlo y agradecerle el trabajo que habían hecho él y todos los demás, convencida de que sin su esfuerzo su boda no habría sido perfecta.
Era la misma mujer que semanas atrás había asumido todos los trámites necesarios para que Sergio fuera a pasar cuatro días en Suiza, planeando el sueño que luego se cristalizaría en Bogotá.
***

Son más de las ocho cuando los amigos y familiares de Yeny y Carlos, disfrutan el coctel y se relajan antes de oír los discursos del papá de la novia y del padrino, que con su final marcarán el comienzo de la celebración más alegre.
Jason aprovecha el momento para asegurarse de que todo vaya bien y ─sospecho─ para darles los datos de Sergio a las parejas que ya sienten antojo de casarse.
Al mismo tiempo los novios comen de pie al frente de la capilla, mientras reciben la atención de tres fotógrafos que miden la luz y ensayan composiciones, esperando el momento de empezar una sesión de fotos que poco podrá envidiarle a las protagonizadas por modelos profesionales.
Si bien Carlos difícilmente podría haber inspirado los rasgos del novio de Barbie, el escenario inundado de luz y plantas naturales motiva los saltos y los lanzamientos de velo que Sergio dirige para que los recuerdos inmortales transmitan la diversión y el encanto de esta noche.
***

Sergio, Jason, Wilbur y Diego utilizan sus modales más regios para llevar a todos hasta sus lugares, pero cuando las mesas se llenan todavía hay personas de pie.
A pesar de las incontables llamadas hechas por Wilbur para confirmar la lista de invitados, nadie pudo pronosticar la llegada de indecisos o despistados, por lo que un mesero debe llevar al salón más sillas de plástico transparente para atenderlos.
Una vez se ha controlado el último imprevisto la mayor actividad, durante un rato largo, se dará a en las sombras, como cuando Wilbur nos haga reír, improvisando brevemente la coreografía para una canción popular.
***

Hacia la una de la mañana Diego chatea con intermitencia, usando su teléfono; Jason intenta vencer al sueño mientras mira fotos de un hombre atractivísimo, en su cuenta de Facebook, también usando su teléfono; Wilbur pide a los invitados que dejen escritos mensajes con deseos buenos para los esposos nuevos, y Sergio se acerca al escenario para hablar durante las rifas del ramo y de la liga.
Las solteras rodean una pista de baile, armada con módulos de luces LED. En ella una ruleta animada por computador elige a la ganadora, que recibe un ramo distinto del que usó Yeny. El de la afortunada no tiene ni alfileres con topes que simulan gemas, declarando con esas ausencias quién es la dueña de la fantasía.
***

Son más de las dos de la mañana cuando la magia comienza a ser desmantelada.
Los platos, los cubiertos y las copas del brindis duermen en sus cajas, mientras Sergio escucha, junto a Jason, las quejas de un mesero y se asegura de que haya suficientes conductores sobrios.
Posiblemente a esa misma hora una pareja decide que ya es cuando, que es necesario comprometerse más, y para conseguirlo contratará a Sergio, que si tiene suerte comenzará el montaje de esa boda tras haber dormido ocho horas, y no sólo hora y media, como ha ocurrido en sus fines de semana más exitosos, en los que ha tenido que comenzar con los preparativos de una boda después de apenas haber desempacado los artificios de otra.

Fotos de esta crónica https://drive.google.com/file/d/0B-GpwHmV_gICMWl4eldHTkpsV0U/edit?usp=sharing

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