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Colombia - Cargada el 02.09.2010 14:40:49 COT 

Estancias

Siga y siéntese cómodo.

A corazón abierto, nuestro Grey’s Anatomy

Estancias > Medios y cultura popular
Por: Marsares

27 dAmerica/Bogota Abril dAmerica/Bogota 2010 21:31 COT

Desde la prehistoria de la TV cuando el Dr. Kildare (1961 – Richard Chamberlain) hacía de las suyas con pacientes y admiradoras, la fascinación por la vida de los médicos ha sido materia de muchas series, quizás porque esos míticos lugares constituyen un mundo aparte de magos capaces de enfrentar la muerte. Últimamente, series como Dr. House, un antimédico que rompe todos los esquemas, o ER, que en una decena de temporadas nos mostró la angustia diaria de las salas de urgencia de los hospitales, o Grey's Anatomy que nos da un vistazo sobre los hospitales a través de los ojos de sus estudiantes, renueva el género sin mostrar cansancio.

RCN Televisión, recuperándose de un mediocre 2009, pelea por mantenerse en el primer lugar del prime time de la TV colombiana, apostándoles a telenovelas clásicas (Amor en custodia), vidas de artistas (Amor sincero), catarsis del narcotráfico (Rosario Tijeras) y ahora a realizar versiones criollas de series exitosas como Grey's Anatomy, que en el caso nuestro se llama A corazón abierto. Variedad de géneros que agradece el televidente, mientras la competencia anuncia la segunda parte de su exitosa serie El cartel y una temporada más de El desafío, esperanza de mejorar el esquivo rating de los últimos meses.

A diferencia de Amas de casa desesperadas, que desperdició el esfuerzo de crear una versión latina limitándose a un simple cambio de actores, A corazón abierto busca un sabor colombiano, dándole un giro a la historia original, en especial al personaje principal, María Alejandra Rivas (Verónica Orozco), a quien se le ha querido dotar de mayores fortalezas que Meredith Grey (la protagonista de la historia original), presa de sus miedos y frustraciones. María Alejandra, por el contrario, tendrá mayor control sobre si misma y poseerá cualidades que la salvarán de las situaciones difíciles que encontrará en su camino. Difícil tarea este nuevo molde que le agrega blancura al personaje con el riesgo de volverlo anodino, pero démosle un compás de espera, es lo menos que se puede pedir. .

Las escenas del primer capítulo se fueron sucediendo con buen tino, aunque las de ebriedad y novia engañada de María Alejandra no logran convencer del todo, pero se nota la buena realización y la fuerza que comienza a mostrar un personaje antagónico (Cristina Solano, interpretado por Natalia Durán) con mayor ímpetu que el original. La carga que lleva consigo de ser la mejor, que la aparta de sus compañeros por su individualismo, su carácter hostil y la envidia a flor de piel, tiene oportunidad de desarrollarse en los capítulos posteriores, enfrentada a la bella María Alejandra Rivas, y su difícil romance con su jefe Andrés Guerra (Rafael Novoa) que también hizo una buena presentación.

El mérito del guión original es que no se trata de una batalla de buenos perfectos y malos en trance de condenación eterna, sino de un grupo disparejo de residentes de medicina, que quieren cumplir sus sueños, gobernados por jefes imperfectos, que también tienen su corazoncito. Falta ver como le va a la versión colombiana, empezando por Miranda Carvajal (Aída Morales), la jefe estricta, dictatorial, que a medida que avance la historia mostrará su lado humano.

Fatal el diálogo entre Diego Trujillo que interpreta al novio de María Alejandra y ésta cuando lo sorprende en el consultorio haciendo el amor con una enfermera. Aparte del diálogo mismo, inverosímil por demás, la frialdad de Trujillo que parecía recitando sus líneas, sin mayor emoción, con ademanes que recordaban su personaje de Los Reyes es el lunar de este capítulo. Su pobre actuación que luego se repetiría en las escenas posteriores en busca de la novia airada, marca un flojo personaje que, por fortuna, no tendrá mayor incidencia en la historia.

Faltan personajes por aparecer como el de Mauricio Hernández (Jorge Enrique Abello) y Alicia Durán (Carolina Gómez), pero en lo fundamental una buena realización supervisada por Fernando Gaitán, y un equipo que recrea con buen tino la historia diaria del Hospital Universitario Santa María, con la promesa de oxigenar las noches aunque, a decir verdad, hay productos que entretienen más allá de los collares de perlas como es el caso de Rosario Tijeras, una agradable sorpresa por su realización que vale la pena resaltar.

Yo no te pido la luna, tan solo el rating

Estancias > Medios y cultura popular
Por: Marsares

7 dAmerica/Bogota Marzo dAmerica/Bogota 2010 15:24 COT

…y vaya que lo necesita, en su estreno marcó el último lugar del prime time, pese a que era el final de Oye bonita y se supone que le endosaría sus televidentes".

¿En qué anda el vecino? Como en la vida diaria, en un mundo de apariencias donde los unos dependen de los otros para vivir su vida, los dos canales privados de la TV colombiana han decidido dependen el uno del otro para mejorar su negocio. En un círculo vicioso que ninguno osa romper, el uno propone lo mismo que el otro, al tiempo y sin derecho a réplica. Por eso, explicable que a la vida de Marbelle (Amor sincero) con música de cantina que puso en el aire RCN, el canal Caracol le enfrente su propia versión musical de la vida, inventándose un personaje menos escabroso, con Juanita Román en Yo no te pido la luna. Así, en un canal veremos durante meses a la cantante de cafetín en busca de su collar de perlas, mientras en el otro a la cantante de buseta, que tan solo pide amar a su Alejandro Castillo, cada cual buscando salir del arroyo, para irse derechito al cielo, por un camino lleno de espinas.

Después de que el Monchi Maestre consiguió por fin el amor de su “bonita”, le corresponde a Juanita Román buscar el suyo, en una historia urbana que deja atrás los líos de fincas vallenatas para meterse entre busetas y mansiones a perseguir su propio destino. El primer capítulo deja ver una producción cuidadosa, que busca agarrar al televidente desde el comienzo. Las buenas imágenes del concierto que consagra a Juanita Román (Anasol) como estrella, son el abrebocas de Yo no te pido la luna. Buen manejo de planos que le aportan realidad al evento. Pantalla dividida en cuatro para mostrar intensidad, detalles, emoción, aspectos que se perderían en una sola visión, conforman un desafío técnico que refresca la narración. Con estos primeros minutos la curiosidad del televidente le impide cambiar de canal y es lo que aprovecha el guionista para presentar la historia. Un hombre maduro, Alejandro Castillo (Ricardo Vélez) se aparece en el camerino de Juanita para despedirse. La ama, pero lo suyo no puede ser. El conflicto queda planteado y viene el gran flashback que nos contará por qué el amor sufre una derrota (o por lo menos eso es lo que nos quieren hacer creer).

Así comienza la nueva-vieja historia del rico y la pobre, con una Juanita que se gradúa de bachiller y recibe como regalo una guitarra que realizará sus sueños, truncados por un robo inesperado, y la aparición en su vida de Alejandro, un multimillonario que enviudó dos años atrás y cuya fortuna busca Tatiana Ivanova (Ángela Vergara), su ambiciosa novia que tiene de amante a Fernando Sanclemente (Juan Pablo Shuk), el mejor amigo de Alejandro, casado con su hermana, Soledad Castillo (Ana María Trujillo). No se preocupen, a mi también me pareció la historia retorcida, pero no puede ser de otra manera, son las reglas de los culebrones, dos buenos, en medio de muchos malos y un vericueto que se irá enredando para llegar al final esperado de amor triunfante y ambición derrotada.

Escenas en buses (que no se volverán a ver en la realidad con el nuevo sistema integrado de transporte), en clubes donde modernizan el conocido Pigmalión de Shaw, con un amigo (Alejandro) apostándole al otro (Fernando) convertir a Juanita en dos meses en cantante famosa, en casas modestas donde hay amigas entrañables (Susana / Jessica Sanjuán) y madres irresponsables (Magaly / Luisa Fernanda Giraldo), mansiones donde las intrigas están a la altura de los millones de Alejandro, y el instante que marca el comienzo de todo, una inusual celebración de cumpleaños donde una cantante de buseta cena con un multimillonario, luego de que Alejandro la recogiera en la calle después de haberse desmayado cuando intentaba cantarle a una prestigiosa cantante de ópera a su salida del teatro. Juanita le canta a Alejandro su personal “feliz cumpleaños”, con ponqué y velitas, y se aparece Tatiana, humillando a Juanita.

Un celular que se cae, una propuesta de matrimonio, un ofrecimiento de impulsar una carrera musical, amor, golpe de suerte, engaño, hijo irresponsable que regresa al país (Rodrigo Castillo / Germán Patiño), hija que está a punto de abortar (Carolina Castillo / María Cristina Pimiento), hermana solterona (Elvira Castillo / Talú  Quintero) que cuida a Alejandro, hermana con cachos (Soledad) que vive en otro mundo, corazones altruistas que prestan guitarras en compraventas… todo esto porque sus protagonistas no quieren la luna, tan solo un poco de amor.

Mientras Rosario se convierte en sicaria, Las muñecas de la mafia en desechos, Gabriela regresa al mundo del patinaje como ejecutiva y se quiere dar una nueva oportunidad con Pablo, los equívocos de Primo González siguen enredando al Hotel El Castillo, y los guardaespaldas se convierten en amantes de sus protegidas, Marbelle y Anasol compiten en cantinas y discotecas. Lo curioso del cuento es que a Marbelle le tocó cantar carrilera porque ese fue el mundo que conoció, mientras la otra, Anasol, nacida en el mundo de las comodidades, canta las baladas que reflejan el suyo.

Una anécdota al margen. En la realidad, la madre de Marbelle tuvo un hogar desastroso en un ambiente rural y se separó para irse a la ciudad en busca de oportunidades con varios hijos y muchas carencias. La abuela de Anasol aunque en circunstancias diferentes, hizo lo mismo. Hace mucho tiempo, a comienzos de los setenta, abandonó a su esposo en Bogotá, después de una serie de fracasos económicos y emprendió una nueva vida en Cali, con seis hijos a cuestas y la fortuna que le volvería a sonreir con el paso del tiempo. Uno de sus hijas, que ahora vive en Holanda, sería la madre de Anasol, que nació en Argentina, pero se crió en Cali.

Las propuestas están servidas. Géneros musicales diferentes que representan mundos desiguales y públicos distintos. La guerra del rating sigue su curso. Se reciben apuestas, aunque los pronósticos para Yo no te pido la luna no son buenos. La luna de medianoche será su compañía.

Entre Rosario Tijeras y el Amor sincero

Estancias > Medios y cultura popular
Por: Marsares

26 dAmerica/Bogota Febrero dAmerica/Bogota 2010 1:14 COT

Uno de los núcleos dramáticos que obtiene mejores réditos en la televisión es el de la cenicienta, en el que alguien de baja extracción social se transforma en un personaje de éxito. Muchos son los caminos, desde los sofisticados que nos vienen de la literatura como el tesoro que convierte a Jean Valjean en el Conde de Montecristo, hasta los que transitan por el delito, y en esto nuestros narcotraficantes y políticos son ejemplos cotidianos, sin olvidar el golpe de suerte como ganarse la lotería o descubrirse su talento que lo eleva a la fama y, por supuesto, llena sus bolsillos de dinero y reconocimiento.

RCN les apuesta por estos días a estos modernos pigmaliones con dos dramatizados que llevan detrás historias de éxito. El uno, Rosario Tijeras, se basa en la novela homónima de Jorge Franco que tuvo en su momento gran difusión y que fue llevada al cine con algo de fortuna. El otro, Amor sincero, tiene como atractivo a Marbelle, una cantante de música popular que tuvo su cuarto de hora con la llamada música tecnocarrilera. La belleza de la una y el talento de la otra las llevaron a romper el círculo de la pobreza y meterse en el de la riqueza. Historias atractivas si se saben contar y los libretistas del canal hacen su tarea, sin duda.

Como todo drama que se respete, los inicios deben ser agobiantes. Rosario (un aplauso para María Fernanda Yepes) vive en una de las comunas de Medellín, metida entre pandilleros, muertos a destajo, mafiosos en ascenso, un hogar disfuncional con padrastro abusador, madre abandonada y hermano sicario. Para la madre de Marbelle (también Marcela Benjumea se merece las consabidas felicitaciones), las cosas no son mejores. Marido borracho y violento, cuatro hijos, pobreza y, para completar, una madre resentida, alcahueta de las vagancias de su hijo, mientras para la hija sólo tiene gritos y recriminaciones.

Este es el inicio, espeluznante, donde al televidente, cómodamente sentado frente al televisor, se le restriega su buena suerte. Podrá ser pobre, sí, pero honrado, o clase media, viviendo a punta de créditos y apariencias, pero lejano de esos extremos que los sádicos libretistas le muestran. Por eso degusta el producto a satisfacción y allá en su interior, cuando la virgen se les aparezca a las protagonistas, deseará que algo parecido también le pase, porque el infierno también se encuentra en la repetición de los días y los amores gastados. Pero eso será después. Por ahora, arrellanado en su sillón, pensará que definitivamente si hay gente de malas, mientras ve la desesperación del hermano-sicario que sólo quiere que Rosario estudie, y de la pobre madre de Marbelle que le toca volarse por un potrero antes de que el marido la coja a machete y dejar a sus hijos en manos de la bruja-abuela, a ver si le va menos peor en la ciudad.

El primer ingrediente está servido y en el lenguaje televisivo, lo adobaron con buenos resultados. Para Rosario, las escenas son cortas, movidas, primeros planos que explotan la belleza de la protagonista, locaciones que le dan sabor a la historia (se grabó en el barrio Manrique de la comuna noroccidental de Medellín), mucha motocicleta involucrada y, algo importante, el lenguaje guarda la mesura y no se ensarta con las miles de groserías que puso de moda Víctor Gaviria, sino con las indispensables para recrear los personajes. Una historia creíble de la pobre que se asoma al mundo de los ricos, para desordenarlo con su belleza y su vitalidad.

Para la madre de Marbelle, los tiempos son más lentos, como si la miseria se le quisieran restregar al voyerista del otro lado de la pantalla con desesperanza, hastío, encierro, sin puerta de salida ni propósito de enmienda. A propósito, Rosa Suárez, la abuela (Ana María Arango), nos pone los pelos de punta. No es mala, y eso es un buen acierto del libretista. Es simplemente una mujer amargada, destruida por dentro, llena de años y resentimientos, incapaz de amar, porque cómo puede uno sentir algo que no sabe que existe. Contrasta con el hombre que se enamora a su hija. Un tipo buena gente, en busca de mamá sustituta, porque con la que le tocó en suerte, no hay manera de conseguir una esposa diferente, destinado a convertirse en el papá de Marbelle.

Buenos y malos, pobres y ricos, desadaptados y afortunados, belleza y fealdad, caminos de espinas y lechos de rosas, ascenso penoso donde la dicha se compra con sangre, sudor y lágrimas, e igual puede perderse… Historias televisivas que a veces cuesta diferenciar de las reales, que también tienen su cuota de insultos, llamados a ser “varones” (¿y es que ser hembra es poca cosa?) y mandadas “al carajo”, de enanos morales cuyos gritos y desafueros tienen el tamaño de su miedo.

El encantador

Estancias > Medios y cultura popular
Por: Marsares

6 dAmerica/Bogota Febrero dAmerica/Bogota 2010 1:43 COT

Rolando Castaño (Diego Cadavid), un timador de barrio, con figura, simpatía y un buen repertorio de argucias, es El encantador. De barrio en barrio, de pueblo en pueblo, vive de las fantasías de los demás. Aunque tiene momentos agradables, la novela no trae ninguna sorpresa, ese valor agregado que maniata al televidente y lo hace olvidar el fatídico control remoto que puya su infidelidad a cada minuto, incitándolo a cambiar de canal.

“El encantador” llega a una comunidad, se hace amigo de las monjas, se interesa por los temas comunitarios, se ofrece a ayudar, planea rifas, nadie se le apunta ni a vender ni a comprar, pero como en esta vida el altruismo se acabó, ofrece una jugosa comisión por cada boleta vendida y así logra vender todas las boletas para luego apropiarse del dinero y, como las langostas, después de arrasar con todos los ahorros, huye a otro sitio a continuar sus tropelías.

Estos estafadores, de inteligencia superior, se constituyen en un filón de historias que el cine y la TV han sabido aprovechar con variada fortuna. Son tan ingeniosos los escenarios que construyen que uno termina simpatizando con ellos sin pudor ni cargos de conciencia. Con Leonardo Di Caprio, tenemos un ejemplo relativamente reciente en Atrápame si puedes, la película de Steven Spielberg basada en la vida de Frank Abagnale Jr., un estafador legendario que termina al final contratado por el FBI para descubrir las estafas de sus colegas.

Pero quizás el ejemplo más cercano a nuestra realidad latina se encuentra en Nueve reinas, la estupenda película argentina de Fabián Bielinski con Ricardo Darín como Marcos, el experto timador callejero —diferente a “el encantador” de este primer capítulo— por su espontaneidad y picardía, que al final termina timado por sus víctimas, en una estupenda voltereta que los espectadores gozamos hasta el final.

Nada que ver con este “encantador” colombiano, que pese a los esfuerzos de Diego Cadavid no convence por lo simple del argumento. Sí, hay que reconocerlo, es simpático, incluso 'flecha' a más de una, pero le falta al personaje esa magia del verdadero estafador, ese don de gentes, que se traduce en un particular encanto que seduce, que pone a la víctima de rodillas, en esa arrolladora simpatía, de verbo fácil, desbordante, que maniata, enamora y destruye.

Es apenas el primer capítulo, dirán algunos. Hay que esperar que se desarrolle la historia para que despliegue su fantasía, me dijo una amiga, y se convierta en el delincuente de altos quilates que el libretista planeó para acomodarle su vida y de paso la de los televidentes para salvarnos in articulo mortis de la encerrona que nos tienen preparados RCN y Caracol con sus nuevas dosis de traquetos (Rosario Tijeras y El Cartel 2).

Pero un estafador que no seduzca de entrada, que no sea capaz de envolver a su víctima (en este caso nosotros, los televidentes) es un verdadero paquete chileno, porque los de verdad no tienen una segunda oportunidad para engañar. Diego Cadavid la pide a gritos con su desteñido personaje, y eso basta para decir "no, gracias" y cambiar de canal, como para ver la sexta y última temporada de Lost, cuyo final, como el de la ponencia del referendo reeleccionista, ya se filtró. Pero no importa. Vale la pena… Lost, por supuesto.

La bella Ceci y el imprudente, cenicientos criollos

Estancias > Medios y cultura popular
Por: Marsares

25 dAmerica/Bogota Noviembre dAmerica/Bogota 2009 0:00 COT

Entretenida. ¿La telenovela como debe ser? (con perdón de Tigo) No tanto, pero aguanta. La bella Ceci y el imprudente es la nueva jugada del Canal Caracol por la comedia. Mientras cachacos y costeños luchan por los $300 millones del Desafío, el Monchi Maestre se resigna a su suerte y Gabriela descubre el secreto que le arruga el destino y estira la sintonía (rating, como le dicen ahora), una cenicienta criolla encuentra su propio ceniciento, embolatándonos por un rato los novelones diarios de mentiras palaciegas, vecinos guaches y negras despistadas.

[sigue...]

Soho TV, curvas y rectas torcidas

Estancias > Medios y cultura popular
Por: Marsares

11 dAmerica/Bogota Noviembre dAmerica/Bogota 2009 0:02 COT

La verdad se esperaba más de Soho TV, la revista Playboy a la colombiana en su incursión televisiva. Pero el resultado fue lánguido, pese a las curvas de infarto de las modelos, sin Photoshop posible, que nos recuerdan, como lo denuncia la Plegaria vallenata, que el Dios que se acomoda allá en las alturas sabía tan poco de aritmética que a unas les dio todo y en cambio a otras más bien poco.

Aparte de las carnes generosas de María Patricia Montoya, que a lo largo del programa fue quitándose prenda tras prenda, a instancias de Diego Cadavid en su papel de fotógrafo de utilería, acompañada de Melissa Montoya y Sara Corrales, que en otros lados del set se esforzaban por demostrar con retorcijones, gestos y miradas gatúbelas que lo que no se exhibe no se vende, lo demás fue simple repetición de cualquier magazín con aires de periodismo.

Mientras Alexandra Santos y Carlos Marín como conductores de Soho TV trataban de convencernos de que el programa era tan espontáneo como la sonrisa de mirame y no me toqués de la Montoya, otros caminos se intentaban para mostrar que, aparte de las curvas, también son posibles las rectas.

Daniel, Daniel, ¿dónde te metiste? Es cierto que montar a Valeriano Lanchas en bus para fingir por unas horas ser cantante de transporte público es meritorio, no sólo por su voluminosa figura que pasó con dificultad la registradora, sino por su estentórea voz que asustó a más de un pasajero. Pero eso lo hace Séptimo día si encuentra por ahí que una de las oyentes acaba de escapar de un conservatorio siquiátrico donde le tocó aprender a tocar la bandolina para quitarle el miedo al contrabajo.

Tampoco causó mayor sorpresa la lavada y planchada a dos indigentes para demostrar que el hábito si hace al monje, pues entraron sin problemas a restaurantes que un par de horas antes los rechazaron, por oler feo, vestir feo y, encima de eso, ser feos. Una historia al estilo Pirry, que lo hace mejor, porque les encima la rehabilitación, el encuentro con la familia y la beca para estudiar problemas ajenos en la Comisión de Acusaciones.

¿A esto se reduce Soho TV? ¿A mostrar viejas empelotas y rellenar el libreto con historias tan obvias que hasta el Canal Institucional las mejora con las pataletas de Fabio Valencia Cossio y las chuzadas ópticas a los blackberrys de Arias & Cía? La veo grave. Al parecer es cierto que no todo lo que brilla en el papel lo hará en la TV.

Si Daniel hijo nos ha mostrado que es capaz de todo para vender las mismas empelotas de otros lados, con sólo inventarse escenarios como los aledaños al Palacio de Uribe, o acompañamientos de santos patronos de la izquierda como Carlos Gaviria en últimas cenas inquietantes, ¿por qué tan poco imaginativo en este primer programa televisivo?

Distinto si pone a Melissa Giraldo empelotando a Valeriano en pleno Transmilenio o a la Corrales rifándose una bañada con el par de indigentes, mientras la Montoya alista la manguera. Seguro que en estos momentos hasta clasificaban para regaño de consejo comunitario, con derecho a réplica en el apartamento de Tatiana de los Ríos.

Dios las cría y Soho las rejunta. Esperamos el segundo número; sin numeritos, por favor.

Amor en custodia, refrito a la colombiana

Estancias > Medios y cultura popular
Por: Marsares

10 dAmerica/Bogota Noviembre dAmerica/Bogota 2009 15:09 COT

Los canales colombianos de TV le quieren apostar a lo seguro, sobre todo RCN que suspirará con alivio el 31 de diciembre, dejando atrás un año de vacas flacas, que hubiera sido un desastre completo de no ser por El último matrimonio feliz, que en el primer semestre le sostuvo la sintonía, y El capo que, en el segundo, se la elevó. Por eso, prefieren lo malo conocido y le apuestan a un refrito argentino que transitó con éxito por México, Amor en custodia.

En la versión colombiana, la rica no es la dueña de una empresa de lácteos (Argentina) ni tampoco empresaria cervecera (México) sino de la moda, con apellido italiano, para que luzca más chic. Paz Delucci (Alejandra Borrero) es una especie de Silvia Tcherassi, que sufre un intento de secuestro en su hacienda. Su ángel salvador es Juan Manuel Aguirre (Ernesto Calzadilla), un campesino empobrecido sin derecho a Agro Igreso Seguro y con pinta de Jean-Claude Van Damme criollo que se entrena en las montañas en artes marciales. Caído del cielo llega en el momento justo y pone en fuga a los plagiarios, casi sin despeinarse.

Por supuesto, Juan Manuel es tan honesto y servicial que dan ganas de elegirlo congresista y Paz tiene un esposo tan, pero tan malo, Alejandro Sanín (Marcelo Dos Santos), que no le va a quedar más remedio que enamorarse de Juan Manuel, cuyo éxito con los secuestradores, lo convierte en su guardaespaldas. Infortunadamente es casado, pero como su esposa se muere en el momento oportuno, el camino para el amor queda despejado.

Tiene que haber una hija insufrible, la de Paz por supuesto, que como su nombre lo indica es una Bárbara (Ana Wills) que tiene su propio guardaespaldas, Nicolás Pacheco (Iván López) destinado a sufrir los desplantes de niña mimada, pero como el amor no sólo es ciego sino sordomudo, todo lo puede por unos cuantos capìtulos, porque tanto va el cántaro a la fuente… A la par, está Tatiana (Stefana Godoy), la hija de Juan Manuel, buena ni más faltaba, que no sólo se va a disputar el amor de Nicolás; además, al final va a resultar ser hija de Paz, regalada por el abuelo Santiago (Humberto Dorado) cuando apenas mojaba el primer pañal para evitar un escándalo.

Mejor dicho, una versión latina, con alargues, vericuetos, arribismo, desplantes, lloriqueos, amor a segunda vista, hijas perdidas y falsas, de The Bodyguard, la entretenida película de Mick Jackson, que Whitney Houston (en el esplendor de su carrera musical) y Kevin Costner protagonizaron en 1992. De drama a culebrón retorcido, que Alejandra Borrero se arriesgó a protagonizar, alejándose de los personajes de carácter (como en Mujeres asesinas), para volverse la boba que exaspera, junto a otro bobo, quienes, como todos los bobos, al final terminan embobados el uno por el otro y la audiencia, igualmente embobada, aplaude su bobería.

Por ahora, Alejandra Borrero, que aceptó el rol, para sostener su proyecto teatral Casa Ensamble, no se apropia del papel y recuerda el de Antonia (El último matrimonio feliz), su último gran éxito. En los pasillos de RCN se escucha la poca fe que se le tiene a esta novela que llevaba un tiempo guardada y se le lanza para atenuar la pálida segunda temporada de Pandillas guerra y paz, cuyo rating (28 en el estreno) amenaza con mandarla al infierno de la medianoche. Los demás actores (y actrices para que Ángela Benedetti no se enoje) pasan el examen, pero salvo milagros televisivos, que los hay los hay, la historia es tan gastada que es probable que luego del tiempo decoroso en el prime time, vaya a pernoctar en las tardes de Nuestra Tele.

Pero al menos es un descanso entre las noticias de las siete, con su carga de guerra chavista, corrupción agraria y encrucijadas que alimentan gabelas parlamentarias, y El capo, que de tanto dar vueltas la historia, con alargue incluido, va camino a convertirse en el éxito capado de la noche.

Las muñecas de la mafia, bistec a la criolla

Estancias > Medios y cultura popular
Por: Marsares

1 dAmerica/Bogota Octubre dAmerica/Bogota 2009 0:07 COT

Con seis bellas protagonistas encabezadas por Amparo Grisales, el Canal Caracol pretende mostrar una nueva faceta del género mafioso: contar su historia a través de sus mujeres que al parecer -por lo visto hasta ahora- se basará en el destape generoso de sus carnes.

La ventaja de los géneros es que, bien manejados, dan lugar a muchas historias. El mafioso es rico en facetas por su clandestinidad, violencia y derroche, amén de violador de todas las reglas, lo que produce en el imaginario colectivo una mezcla seductora de admiración y rechazo.

La televisión colombiana lo sabe y al lado de las infaltables historias de amor, ambientadas en múltiples escenarios de clases sociales, ha encontrado un filón en los últimos tiempos que le reporta disímiles ganancias: historias sobre la mafia del narcotráfico, producto criollo por excelencia, que hoy los mexicanos pretenden superar con éxito inocultable.

En el pasado reciente se han intentado tres perspectivas interesantes con desiguales resultados. Con Los protegidos (Canal RCN) se quiso mostrar este submundo a través de los testigos; luego, con El cartel (Canal Caracol) se adoptó la visión histórica, basada en personajes reales del cartel del norte del Valle, y ahora, con El capo (Canal RCN) se pretende explorar un perfil sicológico de un líder criminal al que se le enfrenta, desde el 28 de septiembre Las muñecas de la mafia, con la visión femenina.

Como puede verse, los enfoques a primera vista son interesantes y niegan el desprecio de muchos de sus críticos que consideran al género como agotado y a sus realizadores como morbosos que lo utilizan únicamente para subir el rating. Pero igual podría decirse de la eterna historia de amores imposibles, separados por las clases sociales. Todo se puede contar de nuevo, pero depende del cómo, con quién y la perspectiva a tener en cuenta.

Los protegidos es un ejemplo del desperdicio de una buena historia. Carencia de investigación, repetición de lugares comunes, un libreto insulso con personajes que, con el correr de los capítulos, se convirtieron en caricaturas: Carlos Barbosa con su lloriqueo constante, Luis Eduardo Arango escondido en una lavandería y Ana Bolena Mesa con sus poses de femme fatale, mandaron a la producción al sótano de la medianoche pese a los esfuerzos de Mark Tacher y Verónica Orozco, en pos del eslabón perdido.

El cartel, en cambio, basado en narcos de carne y hueso, detallados por alguien que estuvo con ellos, mostró a la teleaudiencia el ascenso, consolidación y derrumbe del último de los grandes carteles colombianos de la droga, el del norte del Valle. Amigos, rivales y luego enemigos, sobreviviendo a punta de plomo y delaciones, mostraron la realidad que los medios destapan de vez en cuando. Actores, libreto, dirección y locaciones cuidadosamente escogidas convirtieron la serie en uno de los programas más vistos de la televisión colombiana en el pasado reciente.

El capo muestra otra realidad. Acá no se trata del ascenso o historia de un criminal (aunque existen las obvias referencias), sino de su desplome, sus últimos días en los que ve el desmoronamiento de un imperio que tardó 25 años en construir. Al lado de la soberbia salen a relucir sus miedos, sus cobardías, su codicia, su miseria humana. Una mirada al interior del infierno, con una atmósfera igual de oscura que su protagonista, ha calado tanto en los televidentes que ya aboga un número respetable porque se le dé una segunda oportunidad, en la invitación que por Facebook se les hace de que propongan un final para la serie.

Las muñecas de la mafia le apuesta a la carne y de ahí que Amparo Grisales encabece la nómina con sus aún inquietantes curvas que desordenan las filas masculinas a su paso. Pero como sucedió con su aventura musical, donde pretendió reemplazar con gemidos sus carencias vocales, aquí cubre sus deficiencias actorales con la exhibición de sus bellísimas extremidades y sus gestos que remedan boleros empacados en aguardiente. Si por un instante nos abstraemos de esta maravilla femenina, se evapora el espejismo y queda un personaje hueco, vacío, en suma, patético y aburrido. Con razón Solórzano se quiere divorciar y los televidentes igual, pese a las fantasías carnales que excita Doña Amparo.

Sus cinco compañeras tampoco salen mejor libradas, salvo por su anatomía, exuberante por demás. La niña buena (Angélica Blandón) con papá borracho que se toma el dinero de la matrícula universitaria y la destina a vender celulares en los semáforos. La ingenua y despistada (Yuly Ferreira), que parece sacada con espejito de la selva (qué horror como camina) con su traje de copera de raspachines. La trepadora (Katherine Escobar) que quiere conseguir marido mafioso a como dé lugar, y dos (Alejandra Sandoval y Andrea Gómez) con progenitores narcos. El uno con aspiraciones de ir a las grandes ligas exportando coca en 150 zapatos, y el otro, piloto del que se sospechan sus non sanctas relaciones.

¿Por qué no reinas, modelos y presentadoras de TV, que son en realidad las buscadas por los mafiosos? Las de la historia son apenas polvos de ocasión que no aguantan sino una rumba de fin de semana con piscinazo y empelotada. Interesante que se hubieran metido con la Cartagena pura y casta de Raimundo Angulo, buscado a las modelos de cuadernos escolares o esculcado por los lados de las presentadoras de TV que luego de contarnos los intríngulis del mundo, venden al mejor postor aquello que antaño las mamás cuidaban con denuedo y que hoy rifan en las fiestas de quince.

Lástima que los libretistas se hayan ido por las ramas, escogiendo el camino fácil de ganar rating a punta de rabadilla que, si bien recrea los ojos del televidente que al llegar del trabajo sólo encuentra un bulto de rulos con dolor de cabeza incluido, al final queda igual de aburrido que si de eyaculación precoz se tratara. Pero existe la recompensa. Si persiste al pie del televisor, es posible que encuentre a las verdaderas muñecas en otros programas y arregle la noche imaginando su propio libreto.

De eso se trata la televisión interactiva, ¿o no? 

El capo, apuesta ganadora de RCN

Estancias > Medios y cultura popular
Por: Marsares

27 dAmerica/Bogota Agosto dAmerica/Bogota 2009 21:18 COT

Con El capo se cumplieron las expectativas de RCN TV por recuperar el esquivo rating del prime time de la televisión colombiana. Luego de estruendosos fracasos como el de Valentino el argentino, producciones insípidas como Verano en Venecia, rellenos para aguantar la sequia como Las detectivas y el Víctor o intentos por explorar nuevas temáticas como El fantasma del Gran Hotel con discretos resultados, RCN le apuesta de nuevo a la mafia, jugada arriesgada si se tiene en cuenta el lánguido resultado de Los protegidos, cuyo primer capítulo le auguraba vientos propicios, pero transformada con el correr de los capítulos en una caricatura, el infierno de la medianoche fue su destino final.

[sigue...]

Gabriela, giros del destino, telenovela sencilla que apoya el rating de Caracol TV

Estancias > Medios y cultura popular
Por: Marsares

4 dAmerica/Bogota Julio dAmerica/Bogota 2009 16:43 COT

Como en un partido de fútbol se desarrolla la pelea por el primetime de la televisión colombiana. El que va ganando, espera; el que va perdiendo, arriesga. El Canal Caracol, que hace rato encabeza el rating de este apetecido horario nocturno, juega a mantener el resultado alargando sus éxitos (Vecinos), al igual que lo hizo en el pasado (Nuevo rico, nuevo pobre) y pone en el aire historias sin complicaciones, bien contadas, con enfoques de alguna novedad (el mundo del patinaje). Al Canal RCN, en cambio, que desde Pura sangre no ha podido lanzar un éxito contundente —aunque con El último matrimonio feliz, de buena factura, consiguió salvar el honor con un rating aceptable—, no le queda otra que proponer historias que se salgan de los moldes tradicionales (como El fantasma del gran hotel), con el riesgo de caer en el ridículo si la trama no es mesurada, los actores se sobreactúan o se acude a trucos baratos o lugares demasiado comunes.

En Gabriela, giros del destino, comenzando por el nombre (grandilocuente) no hay nada salido de lo común. Una patinadora ve frustrada su carrera deportiva por un conductor irresponsable que la atropella. Meses después coinciden en su lugar de trabajo y ella, sin saber de quién se trata, se enamora. Queda así planteado el drama, creando el interés del televidente sobre su desarrollo: crecimiento del amor, revelación del secreto y rompimiento, para luego empezar un largo trecho que recomponga el camino.

Respecto a los protagonistas, Gabriela (Carolina Gaitán) y Pablo (Andrés Toro), el primer capítulo los delimita en sus aspectos básicos: el físico (jóvenes, agradables físicamente, pintas informales), el social (Gabriela, de clase media baja, deportista exitosa, educación media que apenas la capacita para trabajos menores; Pablo, élite económica, se supone de excelente educación, hijo único, no trabaja en nada conocido) y el psicológico (ella, esforzada, disciplinada, alegre, con ganas de triunfar en el patinaje, juiciosa, colaboradora con los gastos de su casa; él, clásico mantenido, disfruta del dinero de su familia, sin meta alguna para el futuro).

[sigue...]

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