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Produciendo un cuento de hadas

Limpia - Mente
Por

jueves 26 de diciembre de 2013 13:33 COT

Era lunes y era julio cuando yo tenía, al menos, tres certezas. Una: encontrar a una pareja gay que organizara bodas no sería sencillo. Dos: en caso de encontrarla necesitaría una maniobra complicada para confirmar su inclinación. Y tres: el sábado siguiente nadie me pediría que sostuviera el centenar de globos rojos que harían parte del final feliz de Yeny y Carlos.
Hoy, cuando ya no es lunes y julio es recuerdo, esas tres certezas han desaparecido.
***

La mañana del martes en que conocí a Sergio Acosta, uno de los organizadores de bodas que produce espectáculos únicos para las parejas que lo contratan, llevaba un ejemplo listo para explicarle, con delicadeza, porqué quería saber más de su mundo: tan inusual como es ver a profesores hombres dando clases a niños de pre-escolar es encontrar a un hombre que ocupándose de tareas que, en apariencia, han sido tradicionalmente femeninas.
Minutos más tarde me dijo que justamente el hecho de ser gay es su marca distintiva, porque cuando las mujeres sueñan con el día más feliz de sus vidas no sólo imaginan al príncipe azul sino que desean la magia que puede traer un hada madrina o, como ocurre en este caso, un padrino mágico.
***

Todavía no son las diez y media de la mañana de un sábado de agosto cuando Sergio sube a una camioneta, en la que puede leerse Sergio Acosta ─ Event Designer, que lleva, en el platón y bajo una lona negra, las compras hechas en un supermercado que más tarde será un ejemplo exquisito del caos en la tierra.
Mientras conduce, por la ya congestionada Autopista Norte, menciona algunos de los requisitos de su negocio:
─En este trabajo uno debe saber de todo: de vinos, de comida, el maridaje es importante, de protocolo, de moda, porque las viejas y las mamás siempre le preguntan a uno “¿cómo me voy vestida?, esto ¿me va a quedar bien?”. La profesión hace que uno se vuelva experto en mil cosas.
De otras habilidades, más y menos obvias, también necesarias para tener éxito en la organización de bodas, me hablará luego, entre sillas parecidas a malvaviscos, envueltas en plástico, y bajo un techo con luces navidad y ondas de tul.
***

Tan sorprendente como ver una caja de herramientas, robusta y bien dotada, haciendo parte del montaje de una boda, me resultó oír a Sergio hablando del poder de los huevos.
Quizás actualizando una costumbre, relatada por Rosa Pereda en El amor: una historia universal, que aconseja llevar huevos a las hermanas clarisas, para evitar que llueva el día de la boda, Sergio les sugiere a los novios llevar a un ancianato, y personalmente, tantos huevos como invitados hubiere a su matrimonio.
Luego, en la capilla que está a unos 150 metros del salón de recepciones, Jason, el auditor financiero con quien Sergio comparte viajes y vida desde hace más de un año, me dirá, al tiempo que prepara móviles hechos con palomas de papel y cuentas transparentes, porqué los matrimonios campestres no están de moda:
─En Bogotá tú nunca sabes cuándo va a llover, nosotros somos súper afortunados, nunca ─jamás─ nos llueve, pero es un riesgo que es mejor no correr.
***

Jason y Sergio, de pie en el lugar que Yeny y Carlos ocuparán horas más tarde, frente al altar.
Los detalles que faltan para terminar la decoración de la capilla sólo serán puestos después de que otra pareja se prometa amor eterno en una ceremonia que empezará a las cuatro de la tarde, pero los preparativos que se han tejido desde el día anterior ya comienzan a tomar forma.
Sergio habla de lo lindo que está quedando todo y de sus ganas de casarse. Jason sonríe, tal vez mientras piensa que el riesgo que sí está dispuesto a correr es el dejar que Sergio tome todas las decisiones de la organización de su matrimonio. Jason sólo quiere vivir la ceremonia de bendición de argollas y disfrutar la celebración, como lo han planeado desde hace meses, cuando aún no había pasado un año desde el día en que se conocieron.
***

A las tres de la tarde la magia de los árboles, que sostienen velas apagadas, y la del puente, sobre el que se colgarán globos de luz, se ve amenazada.
La organizadora de bodas, que está a cargo del otro salón que tiene la hacienda donde se casarán Yeny y Carlos, se ha llevado la escalera que estaba siendo usada para varias tareas del montaje. Un mesero va a pedirle que regrese la herramienta, pero la mujer no cede y responde “la cogí y ¿qué?”. Cuando Sergio se entera de la situación su escaso mal humor se enciende y deja ver la faceta de madre protectora que también usó a la hora del almuerzo, para convocar a todo su personal.
Más tarde la escalera volverá al territorio conocido, pero luego surgirá otra crisis que ahora nadie sospecha.
***

Los jeans, las camisetas y los aretes llamativos han sido reemplazados por ropa formal, oscura, y por joyas silenciosas. Las mesas del salón, los muebles para coctel y la constelación de accesorios que los complementan posan impecables frente a las cámaras de los meseros, de los floristas, de los luminotécnicos y de los fotógrafos profesionales.
El pastel, que en su único tercio comestible sostiene a una pareja de novios de madera, exhibe collares de fantasía en medio de una mesa cubierta con pétalos de rosas, mientras ve llegar a los postres traídos de un lugar frío y encerrado.
Una maleta con aire vintage, que Sergio siempre lleva a los eventos que organiza, y que fue usada por sus papás en su luna de miel, ahora está en el baño de mujeres, sosteniendo los zapatos de caucho que más tarde usarán las invitadas cuando necesiten descansar de los tacones. A centímetros de ella, una canasta discreta y una caja transparente guardan parte del inventario dispuesto para atender emergencias estéticas y estomacales.
***

Hacia las cinco y media de la tarde estoy al lado de Wilbur, el asistente principal de Sergio, esperando que los invitados y los ─ya─ esposos del otro matrimonio comiencen su celebración. Entre el séquito una mujer que tiene encima el brillo de las lentejuelas atrae la atención de Wilbur:
─¡Divino ese vestido!
Tal vez le recuerde, a este Licenciado en Educación Física, los que sus compañeras usaban cuando bailaba en el ballet Tierra Colombiana.
Los aplausos y las sonrisas siguen. La jefe de las aseadoras de la hacienda, que también está con nosotros, propone entrar a la capilla por la puerta trasera, para terminar la decoración.
Corremos con discreción, entramos y seguimos con los preparativos. Cierro la entrada principal mientras sigue el festejo de los esposos nuevos. Una aspiradora, también nueva, comienza a tragar pétalos amarillos.
Acomodo una especie de velas largas y huecas al lado de las bancas mientras Wilbur riega pétalos blancos a lado y lado de la alfombra roja. Llegan los encargados de las luces para instalar reflectores con filtros rosa y violeta. Uno de ellos hace templar la base metálica, escondida entre flores, que sostiene un farol blanco.
Llegan los amigos y los familiares más puntuales de Carlos y Yeny. Y entre ellos, ella.
***

La mamá de la novia, luego de ver el resultado, casi definitivo, del trabajo de más de setenta personas, dirá “¡¿eso era todo?!”, ejerciendo el poder de quien pagó para que su hija viviera un cuento de hadas.
La misma mujer inventará otra tarea de última hora para el personal de Sergio: poner más velas en las mesas del salón y en el puente sobre el estanque.
La orden se cumplirá mientras se alistan los juegos pirotécnicos y se desea en voz alta diciendo: “me voy a casar y le voy a decir al jefe que me haga el matrimonio”.
***

Hay lujos que un organizador de bodas puede darse, por ejemplo probar, bien entrada la fiesta, los cocteles con los que se embriagan los invitados, pero hay otros que están prohibidos, como dejar pasar mucho tiempo sin lucir una sonrisa en frente de quienes lo contratan.
Sergio, intentando olvidar la tensión extra que acaba de aparecer, vuelve a enfocarse en los protagonistas indiscutibles de la noche.
Antes de que comience la ceremonia religiosa le dice a Carlos que cuando vea a la novia debe besarla en la mejilla y no en la boca, poco después corre con Wilbur hasta donde está Yeny ─cien metros más allá─ para arreglarle el velo y para asegurarse de que el vestido, inmaculado, no se lastime al cerrar la puerta del carro que la llevará hasta la capilla.
***

Pasadas las siete de la noche y antes de que los novios esposos den sus primeros pasos, como pareja solemne y reconocida, me convierto, sin intentarlo, en la responsable de uno de los actos que le darán un carácter inolvidable a las escenas siguientes.
Diego, auditor jurídico, amigo de Sergio y de Jason, que es feliz organizando bodas, porque le dan espacio para “explotar ese lado gay que no puedo explotar en mi trabajo” en una empresa del gobierno, me pide que sostenga dos racimos de globos rojos mientras va a un lugar donde lo necesitan más.
Al regresar no sólo no se los devuelvo sino que tengo que oír a Sergio apurando para que los desprendan uno por uno para dárselos a las personas que llenan la capilla, antes de que Carlos y Yeny le den la espalda al cura, pues serán sorpresa y preámbulo del número de fuego que más tarde se verá en el cielo.
Y ahora que escribo, después de haber sentido los ruidos de la fiesta, las voces, el tintineo de las cucharas, la risa y el olor de la hierba, de alguna manera dentro de mí, usando palabras de Katherine Mansfield en Fiesta en el jardín, me pregunto si también hubo globos rojos en esa boda planeada en Suiza de la que Sergio, Diego y Diana, otra cliente de Sergio, me hablaron en ocasiones distintas.
***

Hace unos meses, cuando Diego llegó del trabajo se encontró con una situación inesperada.
En la sala del apartamento, que Sergio, Jason y Diego comparten, estaba Sergio ─que también usa ese lugar como sede de su negocio─ atendiendo a una pareja que hacía poco se había casado. La mujer, llorando, fue hasta donde Diego para abrazarlo y agradecerle el trabajo que habían hecho él y todos los demás, convencida de que sin su esfuerzo su boda no habría sido perfecta.
Era la misma mujer que semanas atrás había asumido todos los trámites necesarios para que Sergio fuera a pasar cuatro días en Suiza, planeando el sueño que luego se cristalizaría en Bogotá.
***

Son más de las ocho cuando los amigos y familiares de Yeny y Carlos, disfrutan el coctel y se relajan antes de oír los discursos del papá de la novia y del padrino, que con su final marcarán el comienzo de la celebración más alegre.
Jason aprovecha el momento para asegurarse de que todo vaya bien y ─sospecho─ para darles los datos de Sergio a las parejas que ya sienten antojo de casarse.
Al mismo tiempo los novios comen de pie al frente de la capilla, mientras reciben la atención de tres fotógrafos que miden la luz y ensayan composiciones, esperando el momento de empezar una sesión de fotos que poco podrá envidiarle a las protagonizadas por modelos profesionales.
Si bien Carlos difícilmente podría haber inspirado los rasgos del novio de Barbie, el escenario inundado de luz y plantas naturales motiva los saltos y los lanzamientos de velo que Sergio dirige para que los recuerdos inmortales transmitan la diversión y el encanto de esta noche.
***

Sergio, Jason, Wilbur y Diego utilizan sus modales más regios para llevar a todos hasta sus lugares, pero cuando las mesas se llenan todavía hay personas de pie.
A pesar de las incontables llamadas hechas por Wilbur para confirmar la lista de invitados, nadie pudo pronosticar la llegada de indecisos o despistados, por lo que un mesero debe llevar al salón más sillas de plástico transparente para atenderlos.
Una vez se ha controlado el último imprevisto la mayor actividad, durante un rato largo, se dará a en las sombras, como cuando Wilbur nos haga reír, improvisando brevemente la coreografía para una canción popular.
***

Hacia la una de la mañana Diego chatea con intermitencia, usando su teléfono; Jason intenta vencer al sueño mientras mira fotos de un hombre atractivísimo, en su cuenta de Facebook, también usando su teléfono; Wilbur pide a los invitados que dejen escritos mensajes con deseos buenos para los esposos nuevos, y Sergio se acerca al escenario para hablar durante las rifas del ramo y de la liga.
Las solteras rodean una pista de baile, armada con módulos de luces LED. En ella una ruleta animada por computador elige a la ganadora, que recibe un ramo distinto del que usó Yeny. El de la afortunada no tiene ni alfileres con topes que simulan gemas, declarando con esas ausencias quién es la dueña de la fantasía.
***

Son más de las dos de la mañana cuando la magia comienza a ser desmantelada.
Los platos, los cubiertos y las copas del brindis duermen en sus cajas, mientras Sergio escucha, junto a Jason, las quejas de un mesero y se asegura de que haya suficientes conductores sobrios.
Posiblemente a esa misma hora una pareja decide que ya es cuando, que es necesario comprometerse más, y para conseguirlo contratará a Sergio, que si tiene suerte comenzará el montaje de esa boda tras haber dormido ocho horas, y no sólo hora y media, como ha ocurrido en sus fines de semana más exitosos, en los que ha tenido que comenzar con los preparativos de una boda después de apenas haber desempacado los artificios de otra.

Fotos de esta crónica https://drive.google.com/file/d/0B-GpwHmV_gICMWl4eldHTkpsV0U/edit?usp=sharing

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