equinoXio
 

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Columnas

Las voces de equinoXio

¿Para qué People En Español si existe Facebook?

Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

15 dAmerica/Bogota julio dAmerica/Bogota 2010 16:21 COT

 
Hace algo más de 2 años abrí mi cuenta en esta famosa red social, tras la insistencia de un par de amigos míos, pero poco después ya me estaba arrepintiendo. Víctima de mi curiosidad husmeé el perfil de un ex novio y descubrí que estaba estrenando pareja.
 
Hoy los arrepentimientos no me abandonan. Mientras se hace cada vez más popular 1984, la novela de George Orwell, yo sigo teniendo episodios psicóticos en los que espío hasta la última foto del álbum de un contacto, que estoy a punto de borrar, como si con eso pudiera aprender de memoria todo lo que no podré volver a ver, cuando me quiten los permisos para acceder a su información privada.
 
Las fotos me obsesionan, me cuestionan, me hacen sobreanalizar más que de costumbre. Me gusta imaginar que si las parejas sonríen con la misma amplitud tendrán un largo futuro juntos, pero si en cambio ella muestra todos sus dientes y él sólo dibuja una curva con sus labios, me convenzo de que la catástrofe está a la vuelta de la esquina. Sin embargo parezco tener compañía en mi compulsión hacia las imágenes.
 
Ya perdí la cuenta de las ocasiones en que alguien paró la fiesta para hacer una sesión fotográfica, justo cuando a todos les salía divinamente coordinada la coreografía de La Macarena, aun con la borrachera que tenían. Tampoco sé cuántas veces vi a compañeras de clase salir corriendo al baño para maquillarse, porque ya se venía el fotoestudio, ni los berrinches que tuve que presenciar porque les tomaron una foto casual y no salieron sonriendo. Obligaron al fotógrafo aficionado a borrar en su presencia la imagen maldita, de lo contrario lo acosarían hasta el cansancio para impedir que imágenes tan antiestéticas vieran la luz.
 
En algún punto los realities perforaron los ideales de la sociedad y la gente se convenció de que para ser legítimamente exitoso es necesario mostrarlo, es requisito exhibir a cuántas fiestas se asiste, cuántas playas se visita en las vacaciones y la multitud de amigos que se tienen. Es más, algunos expertos en relaciones públicas afirman que la mejor forma de mantenerse en el closet, si se es gay, consiste en hacer un acuerdo con una hermosa amiga para que salga en las fotos haciendo las veces de pareja, con este simple acto se logrará callar a los críticos y se los obligará a decir frases como: “Yo a Ricardo no lo bajaba de gay hasta que vi la foto de su novia en Facebook, es hasta bonita”, comprobando el poder de validación, en el mundo real, que tiene la red.
 
Actualmente tengo menos de 100 contactos en mi cuenta, es de acceso público y todas las fotos, donde se me podía reconocer fácilmente, salieron de ahí, igual que las etiquetas que me habían puesto los demás o las que yo misma situé sobre mi miopía. Ahora mi perfil de Facebook sirve para promocionar mis textos, los que se leen aquí o allá, no para alimentar el morbo ajeno. Mis datos en esa red social son inútiles para aquellos personajes, tan oscuros como yo, que intentan establecer mi nivel de felicidad viendo fotos mías y de mis amigos.
 
En este orden de ideas yo soy una total fracasada, nadie me invita tragos, no me bronceo al lado del mar y nadie me habla. Esos que tengo agregados en Facebook, son un grupo de samaritanos que se apiadaron de mis inexistentes habilidades sociales y me agregaron para que no luciera tan anormal.
 

Es hora de que lo reconozca: no tengo amigos, soy insoportable, Facebook es la verdad del mundo. Ese sujeto a quien oí hablar a escondidas, mientras hacía que leía en el autobús, tenía razón. Quien no está en la red social no existe, quien no sonríe en los álbumes no es feliz. Yo no soy feliz y como tengo menos de 100 contactos soy una paria a quien nadie se acerca, ni siquiera cuento para las estadísticas, soy una vagabunda porque en caso de emergencia, en caso de necesitar contactos para lograr un trabajo o pedir un favor nadie me auxiliaría, al fin y al cabo quien no tiene amigos virtuales es sólo un fantasma en la red.

 

 
Este artículo también está publicado en mi blog Licuc

 

Mujeres Jedi

Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

15 dAmerica/Bogota junio dAmerica/Bogota 2010 17:19 COT

*Ilustración de Santrax

Columna parcialmente inspirada en este video.

 
Cada vez que veo un comercial de lavaplatos o detergente me convenzo de que soy una mujer jedi, me repito por infinita vez que me gustaría más combatir el Lado Oscuro de la Fuerza, antes que regalarle mi vida a limpiar la casa. Prefiero que los platos y la ropa sucia se acumulen, en lugar de perderme la lectura de un buen libro o una buena conversación con gente interesante. 
 
Los modelos de feminidad han cambiado poco, a pesar de que las mujeres comenzamos a trabajar fuera de casa y superamos en número a los hombres en las universidades. Los avances científicos y tecnológicos sólo nos recuerdan a diario que es más fácil cambiar el modo en que vemos películas que la forma en que pensamos, que es más sencillo inventar productos para limpiar la ropa que técnicas para sacarnos de la pobreza mental. Ante ello las mujeres jedi nos sentirnos extrañas.
 
Disfrutamos viendo una y otra vez The Devil wears Prada no porque queramos tomar ideas para saber cómo vestirnos, sabemos bien que esas tendencias ya están pasadas de moda. Lo hacemos para admirar una y otra vez a la miserable Miranda, porque en el fondo queremos ser un poco como ella, queremos ser una mujer inteligente con poder, una dama jedi que con su intuición predice las perturbaciones en la fuerza.
 
Ser mujer y preferir aprender de política, de estrategias en los negocios, de economía o de ingeniería parece una contradicción, pero para nosotras es más natural gastar tiempo y dinero consumiendo información que comprando cosméticos. Si tenemos que arreglarnos para una fiesta de gala, un matrimonio o un coctel lo haremos, pero no nos preocuparemos todos los días por vestirnos como si las calles fueran pasarelas. Los tacones están bien para algunas ocasiones, sin embargo para las damas jedi, que peleamos batallas con frecuencia, se hicieron los zapatos bonitos y cómodos que nos permiten pensar en nuestro siguiente golpe, sin la distracción de los pies adoloridos.
 
Crecimos de un modo distinto, aprendimos a limpiar para ser capaces de vivir sin servicio doméstico, nos aburre la sola idea de tomar un curso avanzado para sacar manchas. La pasión la sentimos por las filosofías orientales, por los recovecos de las humanidades, por los misterios de la física cuántica y por los hombres.
 
De niñas jugábamos a las muñecas, pero preferíamos los carros y las espadas, teníamos más amigos que amigas y nos fuimos dando cuenta que ellos, los hombres tenían futuros más divertidos y amplios, por eso nunca dejamos de jugar con ellos y con sus espadas.
 
Esta columna también está publicada en Cartel Urbano y en mi blog Licuc
 

La navidad de reserva

Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

4 dAmerica/Bogota enero dAmerica/Bogota 2010 22:28 COT

Sarah

Hace poco estuve en un concierto. De lo poco o mucho que entendí me quedó sonando la navidad de reserva.

Irene

¿Navidad de reserva?

Sarah

Sí, navidad de reserva.

Irene

¿Y qué es eso?

Sarah

Una navidad que tienes en cualquier momento del año, con tus gustos, tus condiciones, a tu medida.

Irene

Mmm me gusta, suena bien.

Sarah 

Totalmente, yo quiero navidad de reserva.

Imagino que habrá mucha gente triste porque la época navideña se está acabando, ni qué decir de la decembrina, tiene las horas contadas, pero un momento, cierto, estoy hablando por mí. 

Películas como El expreso polar me han enseñado que la navidad, el espíritu que la envuelve, está en el corazón, así que si se quiere tener navidad todo el año se puede.

La navidad, hasta donde mi verde grinch interior me deja entender, es una época donde se me invita a tratar mejor a los demás, olvidar las ofensas, ignorar mis deudas actuales para adquirir unas más grandes y costosas, porque de este modo, actuando así estaré siguiendo la tradición.

Mmm no, creo que estoy mal. Intentaré comenzar de nuevo. ¡Maldito grinch!

La navidad es una época de felicidad, para compartir con los seres queridos, para recordar a los amigos que están lejos, para reunirse en familia y agradecer al Creador todas las bendiciones que derramó sobre nosotros en este año que se termina. Es momento de renovar la fe en los sucesos que nos ocurrirán el próximo año, porque serán mejores, más dichosos que los pasados. 

Esteeee, mmm, creo que tanta miel no me queda.

¡Carajo! Perdí la idea el hilo de lo que quería decir.

(Relectura rápida.)

La navidad de reserva es una temporada maravillosa. Poco se sabe de ella pero personas como yo la disfrutan mucho. Durante ella, que puede durar un mes, 3 semanas o 9 meses, cada quien es libre de elegir, pasamos momentos adorables junto a nuestros amigos, pero a diferencia de la navidad tradicional, no estamos obligados a celebrarla con toda la familia reunida, escogemos a unos cuantos, generalmente aquellos con quien mejor nos llevamos, para contarles los sucesos recientes de nuestra vida.

Considero la navidad de reserva una bendición. Como no tengo un menú preestablecido puedo comer desde una hamburguesa hasta arroz blanco, pero si no estoy de ánimo para un plato principal, disfrazo una taza de café o té de bebida tradicional, mientras saboreo cada trozo de torta de fresas. Al no cocinar o sonreír por obligación, muestro mi esencia de forma auténtica. Mi acompañante de celebración, con quien comparto o no sangre, está al tanto de que la versión mía que tiene al frente no está endulzada, adicionada con preservantes o maquillada especialmente para lucir exitosa en la ocasión.

La navidad de todos, la navidad tradicional (¿o era comercial?) está a punto de acabar, máximo llegará hasta el 6 de enero, pero por suerte para personas como Sarah, Irene y yo comenzará la otra, la de reserva, la que cabe en cualquier momento del año, la que nos alegra la vida sin símbolos universales ni director de marketing de temporada.

Para todos feliz pre-navidad de reserva.

Madrazo mata porta-retrato

Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

28 dAmerica/Bogota diciembre dAmerica/Bogota 2009 15:55 COT

Durante esta época del año en que se dañan puertas arrancando algunos adornos navideños pegados con silicona, se esconden otros, se estrenan regalos y se guardan unos más en los espacios vacíos dejados por la limpieza anual, se hacen evidentes varias cosas.

 
Si uno desea expresarle aprecio a otra persona y la conoce poco basta con enviarle una tarjeta, un mensaje de texto o darle una llamada en caso de que se sepa donde ubicarla.
Si uno quiere comunicarle su desprecio a alguien que conoce, pero por razones fuera del control propio, debe soportarlo basta con regalarle un accesorio para la casa.
 
No importa qué tan buen gusto se tenga ni qué tanto se empeñe uno en adivinar las preferencias decorativas de otra persona, es cierto que si uno nunca ha visitado el hogar de alguien, será prácticamente misión imposible elegir un candelabro o parecido, que cumpla con los requisitos de estilo, material y color para que combine con los que ya tiene el regalado. De ahí que afirme categóricamente que si uno quiere ofende a alguien no hay como regalarle un porta-retrato.
 
Si bien un madrazo le puede dañar el rato y hasta el día a uno, es más fácil deshacerse de el que de un artículo material e inútil que como bien dijeran los libretistas de Futurama “es basura desde el mismo momento en que salió de la fábrica”.
En esta vaca loca consumista en la que andamos todo el año, pero que se enfatiza cuando llega diciembre, el cumpleaños o x fecha, que los imaginativos comerciantes se inventaron para vender más, no falta el personaje que quiere quedar divinamente con todo el mundo, hasta con aquellos a quienes no llama en meses para saber cómo están y que sólo saluda si se los topa inevitablemente por la calle. Es justo ahí cuando sus motivaciones reales y profundas salen a la superficie.
 
Como ya dije cuando la idea es decirle a un conocido “oiga que tenga buen año” u “ojalá le cuajen todos sus planes”, porque el verbo cuajar se pone de moda en enero más que en otras épocas, lo mejor es acceder a cualquier línea de comunicación y expresarlo así, sin muchas arandelas. Minutos para llamar a celulares se consiguen desde 200 pesos así que el detalle le puede salir súper barato y con 1000 pesos ya saludó a 5 fulanos, entonces ¿para qué regalar basura? Sólo se me ocurre que para amargarle la vida a alguien.
 
Si a uno le cae mal una persona tiene varias salidas, entre ellas ignorarla, lo cual suele ser fácil si uno no tiene que verla todos los días, y ser hipócrita.
 
Yo soy de quienes prefieren que le digan las cosas de frente y sin palabras bonitas, pero reconozco que eso me hace un bicho raro en esta cultura y entre las mujeres, porque acá les encanta decir las cosas con indirectas y tratando de no molestar susceptibilidades ajenas dizque para mantener buenas relaciones, pero como yo lo entiendo, las relaciones manejadas de ese modo se hacen quebradizas e inseguras, en esas no se puede confiar, entonces si me dan una vaina que no usaré ni por equivocación o que a la legua se nota que me la dieron por quedar bien ellos, tengo la seguridad de que sin salir del plástico terminará en la caneca de la basura. Lo lamento por los recursos naturales que fueron necesarios para su producción. Así estaré más agradecida con aquellas personas que me dicen que me detestan de frente y con valor o que optan por la vía de ignorarme sin molestarme la vida, antes que con aquellas que ni siquiera saben cuándo cumplo años pero que por quedar bien me regalan porquerías.
 
Recuerde cada vez que reciba un regalo completamente desubicado que es un signo de lo poco que lo aprecia quien se lo dio, porque alguien que lo estime aunque sea una gotica no le va a hacer el mal de encartarlo con pendejadas que nunca usará.
 

24 de Diciembre: Especialmente útil para entender a los hombres

Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

24 dAmerica/Bogota diciembre dAmerica/Bogota 2009 17:20 COT

Los hombres viven quejándose de que las mujeres somos complicadas, están en lo cierto. Puedo confirmarlo y dar pruebas de la pesadilla que puede ser ir de compras con mujeres que piensan como mujeres, es decir, distintas a mí, aquellas que disfrutan ir al centro comercial incluso un 24 de diciembre, cuando la calma es lo antinatural.

Hace poco llegué de un centro comercial, de un supermercado más exactamente y para comenzar todo fue culpa mía. Aunque supe con algo de antelación que yo sería la responsable de organizar la noche de navidad esperé, deseé y hasta rogué por un milagro que me evitara ir a comprar comida para la cena. Previsiblemente el suceso no ocurrió y tuve que enfrentarme al caos compuesto por indecisión masiva, niños malcriados y logística insuficiente, porque no importa cuánto prepare el comercio la temporada, siempre, pero siempre, hacen falta empleados para atender a los clientes.

Llegué sin lista de compras, gran error. No sabía si además del plato principal y la ensalada tenía que comprar alguna salsa dulce para la carne elegida, ni si era necesario llevar pasabocas, sólo tenía una imagen borrosa de todo lo que rodea al té que tomo en las mañanas, así era muy difícil establecer si la comida que tenía en las bolsas era mucha o escasa. Para solucionar el inconveniente y salir pronto del sitio, que cada vez tenía filas más largas para pagar, llamé a casa para saber qué hacía falta, la respuesta me dejó peor:

“Trae una ensalada, que no sea cara pero tampoco pequeña, recuerda que no a todos nos va bien la mayonesa, además es bueno tener algo de sal y algo de dulce para acompañar la carne, ah y yo no quiero cocinar más, entonces no vengas con fruta o verduras para picar, pero si hace falta ensalada es mejor traer un melón o una piña”

Si usted entendió algo lo felicito, yo no. Preferí despedirme y colgar, buscar algunas cosas más en las góndolas, hacer cálculos mentales y esforzarme para recordar cómo es la meditación trascendental activa, intentando no perder la paciencia y la cordura mientras volvía a la caja para pagar el segundo mandado del día, sin haber salido aún del primero.

Cuando iba llegando noté que no traía salsa para la carne, ni de manzana, ni de ciruelas, nada. Al salir del supermercado la línea que hice para cancelar los productos era el triple de larga que cuando la comencé, en esas condiciones me negaba a volver a ese lugar de tortura, donde la gente se queja porque descubren que no venden lo que nunca han comprado. Yo fui hasta el autoservicio más cercano, pedí maní y una compota de manzana, con el primero entretuve el hambre mientras resolvía mi almuerzo, ahora imaginen qué le va a pasar, más tarde, a la carne con la segunda.

Ya viene, ya se acerca el reclamo, se me dirá con razón, que las salsas que venden al lado de los medallones de cerdo debieron darme una pista de lo que hacía falta, que ya se las arreglarán con lo que traje, pero que mejor habría sido llamar cada dos minutos preguntando si lo que echaba en la canasta estaba bien o no, sin importar que me tardara 3 horas comprando la comida, que muy seguramente dentro de 10 años nadie recordará. Hoy es un día especialmente complicado para ir de compras pensando como hombre. Me consta.

Los villancicos: El reggaetón tradicional

Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

21 dAmerica/Bogota diciembre dAmerica/Bogota 2009 8:44 COT

He escuchado, más veces de las que puedo contar, cuán aburridos están muchos con el inicio adelantado de la época decembrina, he sabido de atrocidades donde se combinan imágenes de Papá Noel con espantapájaros y padezco, invariablemente, año tras año una celebración rancia y vacía de significado, una que siempre llega precedida por los pegajosos e insoportables villancicos.

Apenas comienzan a escucharse en radio comerciales navideños, aparecen los omnipresentes ring-tones en los celulares de los transeúntes, que destrozan la novena sinfonía de Beethoven y martillan irritantes las notas musicales que, en otras geografías, niños preadolescentes armonizan con sus voces. Como si fuera poco al concierto de ruidos automotores, que se vive todo el año en la ciudad, se le suma la moda de algunos microempresarios que usan timbres melódicos para anunciar la llegada de un nuevo cliente de temporada a su establecimiento.

El odio generalizado hacia el silencio es algo que aprendí a la fuerza, a los gritos, a los estruendos, ahora sé que a las personas no les gusta pasar más de un 5 segundos, corrijo, 2 segundos seguidos en ausencia de sonido, así sea el traqueteo de la aspiradora, la licuadora y el zumbido sordo de los políticos corruptos cobrando sus comisiones, todos juntos, al tiempo, sin pausa ni transición entre uno y otro.

Los industriales, siempre más ingeniosos que yo, entendieron pronto el comportamiento de sus compradores y produjeron luces de navidad con música de villancicos incluida, para que el espíritu llene todos los sentidos, mientras asesina a las irreproducibles neuronas. Su innovación tiene profundas raíces tradicionales.

Hace años, cuando rezaba la novena de aguinaldos en familia y nadie se reía de la frase ¡Oh santísimo José, esposo de María y padre putativo de Jesús!, aunque en ese entonces tampoco se conocía masivamente el significado del adjetivo ‘putativo’, cantábamos, también sin reflexionar mucho, villancicos como Nanita Nana, Campana sobre campana o A Belén, pastorcitos al punto que quedaron archivados en mi cerebro, junto a mi nombre de pila, mi grupo sanguíneo y mi número de documento de identidad. El resultado de este efectivo entrenamiento es que apenas entro a un lugar donde suenan, en el ambiente, cancioncillas como estas, debo hacer un esfuerzo real y consciente para detener el tarareo que me provocan.

Realmente, los villancicos parecen ser la música del demonio, que no culpen al reggaetón, ese llegó tarde, cuando los de mi generación y los de otras varias, ya habíamos sido programados para cantar de memoria, cuantas frases sin sentido aparecen en los cantos melosos que, se supone, amenizan y preparan la llegada del mesías. No existe nada que me incite con tanta aberración como un Cascabel, lindo cascabel sonando en una sala de espera con revistas viejas, justo el día que olvidé en casa el libro de turno, ni siquiera el famosísimo Rompe llegó a ser cantado tantas veces en mi presencia como para que pueda corearlo completo y sin errores.

Es claro que mi época favorita del año es marzo, o digamos agosto, en fin, el mes es lo menos importante de todo, lo que suma es la ausencia de luces, hipocresía, verde, rojo, papel brillante, etc. A finales de octubre-noviembre-diciembre-comienzos de enero se materializan elementos navideños a los que puedo cerrar los ojos, como un árbol decorado con calabazas al frente de una fábrica, sin embargo es un hecho comprobado que los oídos no tienen párpados, por ello no me queda más remedio que soportar la letanía de burros, pastores, camellos, vírgenes lavanderas y demás fauna y flora que decide aparecer en esta, eterna, época del año. 

Invéntense otros cuentos, otros argumentos, otras razones, el diablo está en los detalles y para mí también está en los villancicos, no en el reggaetón.

A mí tampoco me gusta la navidad

Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

17 dAmerica/Bogota diciembre dAmerica/Bogota 2009 21:28 COT

Freak On A Leash
Creative Commons License photo credit: kevinspencer

Confieso que parezco una extraterrestre para la mayoría de mis semejantes, si es que realmente puedo llamarlos así, porque encuentro felicidad en lugares y situaciones que ellos podrían llamar aberrantes, por ejemplo disfruto pasar una tarde tranquila de sábado, en casa, leyendo, no en un centro comercial viendo vitrinas y comprando lo que no necesito; o prefiero viajar sola antes que con un novio aburrido, tonto y con apariencia de modelo de portada de revista para disimular mi soledad. Estoy sola, por elección, porque no la temo y porque la disfruto, porque el “mejor sola que mal acompañada” es para mí una declaración de principios más que un refrán pasado de moda.

Así como a algunos no les sale bailar en una fiesta, porque no saben o porque no les gusta, de veras, aún sabiendo cómo hacerlo, a mí no me sale sonreír y cantar villancicos en diciembre. Para mí la época de fin de año es un obstáculo anual, una prueba que debo superar con gracia año tras año, antes de que se me entregue el crédito por la nueva edad que estrenaré en enero.

Supongo que hubo una etapa de mi vida en la que realmente disfrutaba las luces en el árbol y en el pesebre, casi puedo recordarla, las figuras de goma con las que se ordenaba este último, en casa de mis abuelos, parecían enormes, y lo eran dado el tamaño de mis manos, el olor a aserrín precedía al caminito que llevaba al establo donde estaban María y José esperando al niño, además el poder encender luces de bengala en la entrada de la casa era algo mágico, con todo y las quemaduras accidentales cuando, creyendo que aún quedaba una más sin usar, la levantaba para encontrarme con un hierro ardiente.

Más tarde, las figuras fueron perdiendo color, las luces unidas por un cable se convirtieron en una manguera llena de bombillitos, más parecida a un neón que a un rosario y la pólvora fue prohibida, y bueno, digamos que maduré, por lo que comencé a ver todo distinto.

Ahora que tengo las manos más grandes, y en general todo el cuerpo, me parece que el pesebre es un objeto más de decoración para esta temporada, creo que el árbol sirve para reforzar el ego de los poseedores, me basta con observar cómo se abren durante este mes las cortinas de las casas, que el resto del año permanecen cerradas escondiendo vergüenzas. Las personas sacan lo mejor de su exhibicionismo para mostrarnos cuán grande y verde lo tienen, luego, en las noches nos dan una muestra inmejorable de su falta de creatividad, esa que las empuja a ponerle un margen de luz a las ventanas o a pegar al vidrio la caja de luces, tal y como venía de la tienda, porque parece una hermosa estrella y ya no podrían dibujarla al sacar las luces de su recipiente.

Lo sé, el grinch interno me sale sin esfuerzo, ni siquiera he visto la película de Jim Carrey para inspirarme, una adolescencia placentera, vigilada por los ojos de MTV con la gran Daria en su reparto fue suficiente para formar parte de mi identidad actual. La navidad no tiene sentido para mí, ya no, es más, nunca lo tuvo, lo que podría llamarse significado era una sensación difusa de bienestar por ser una niña consentida y el anhelo de los regalos que traería el ficticio Niño Dios. No se confunda, no me quejo, ahora que esas promesas se rompieron, ahora que sé cómo es realmente la historia me veo en la obligación de encontrar fuentes de alegría legítimas y más frecuentes, que casi nunca vienen envueltas en papel de colores, ni acompañadas con manjares que se supone sólo coma en ésta época del año.

No sé usted, pero yo como buñuelos cuando quiero, cuando me los encuentro en la calle recién preparados, para mí la navidad no es una excusa para la felicidad, podrá ser una excusa ajena para gastar. Yo, en cambio, me doy el lujo de estar contenta sin importar la fecha en el calendario.

Si haces ruido eres blogger

Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

8 dAmerica/Bogota noviembre dAmerica/Bogota 2009 14:24 COT

Por medio de una tercera supe de un estudio que hicieron en NYU acerca del crecimiento de autores, igualando el término con el de bloggers.

Basados en estadísticas de usuarios de diversas redes sociales como Twitter, Facebook y demás herramientas, usadas para darle a conocer al mundo hasta el color de la ropa interior, los investigadores afirman que cuando la población mundial llegue a los 10.000.000.000 de habitantes se podrá hablar de una blogósfera literalmente, pues cada uno de los seres humanos tendrá un espacio donde publicará algo. Nótese que no se especifica qué se dará a conocer ni la calidad del contenido.

Teniendo en cuenta que nuestra especie no es capaz de hablar apenas nace, ni tampoco tiene la motricidad suficiente para usar un computador y navegar en internet, sin tocar el tema de que carece de elementos suficientes para entender las instrucciones que le pemiten abrir una página en una red social o subir archivos a Internet, supongo que para inflar los números se incluye a todas las personas que son susceptibles de generar material que alimente la web 2.0.

Não me interrompam

Creative Commons License photo credit: Liliane Ferrari

Pensando de este modo creo que se subvalora el potencial de creación de contenido, también se podría contabilizar a todas las especies del planeta, descubiertas y por descubrir, ya que una persona que se acerque a una de estas para registrarla por medio de fotografía, video o simplemente describiéndola, podría abrir un blog como si la especie en cuestión fuera la autora del espacio. Creo que a este paso todavía podemos esperar nuevas explosiones en el uso masivo de Internet, por ejemplo cada célula será capaz de tener su blog, su cuenta de Twitter o su perfil en Facebook.

Tanto se ha centrado la atención en la cantidad y en el qué al punto que nos olvidamos del cómo.

Hay miles de estudios, que copiando al Conde Contar, entran en éxtasis cuando deben dar los resultados de los tantos cientos de miles de personas que usan las nuevas herramientas, datos muy bien presentados en preciosas diapositivas de Powerpoint que luego son subidas a internet, para que los neófitos tengan el privilegio de acceder al sacrosanto conocimiento numérico. ¿Quién se pregunta cuántos usan las tecnologías 2.0 de un modo crítico? ¿Cómo sería un sistema para la cualificación de la información que no se base en votos de opinión?

Seguro que hay preguntas más interesantes, más valiosas que deben hacerse.

El sentido de los estudios acerca del uso de Internet y de los contenidos crecientes debe acercarse más a la construcción de pensamiento, al mejoramiento de la convivencia entre los que estamos, incluso a la reducción de la población mundial en vez de estar sacando cuentas como una vieja sumadora con rollo de papel que sólo hace lo que la mano le dice.

Sonríe, así parezcas idiota

Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

30 dAmerica/Bogota septiembre dAmerica/Bogota 2009 12:37 COT

Confieso que tengo gran capacidad de asombro para algunos asuntos mientras que para otros estoy completamente habituada. Puedo sentir fascinación nueva y fresca cada vez que observo una libélula o una mariposa, pero no me sorprendo cuando las personas se dicen y se creen mentiras repetidas. Ante otros eventos tengo opiniones, reacciones encontradas, por ejemplo las noticias diarias, hay semanas en que no las soporto y hay otras en las que las busco, engañándome, creyéndome que me darán algún sentido de arraigo o de pertenencia.

 
Recientemente volví a ver un noticiero, mi atención fue llamada por el rostro siempre sonriente de una mujer, quien presenta información deportiva, cada vez que terminaba de anunciar el próximo segmento se afanaba por mostrar tantos dientes como le era posible, entre labios perfectamente maquillados. La observé con tanto detenimiento que olvidé lo odiosa que me resulta la tabla de posiciones del campeonato nacional de fútbol y empecé a sonreír yo también, incluso sentía ganas verdaderas de volver a verla dando paso a una nueva cápsula informativa para poder apreciarla sonriendo como estúpida, ese gesto me hacía sentir bien de un modo desconocido.
 
Al final de la sección deportiva el efecto hipnótico había pasado y mis neuronas volvieron a funcionar tan desordenadamente como de costumbre, entonces recordé que ahora, en ésta época de mi vida el ejercicio de ver el noticiero es parte de mi entrenamiento diario para tolerar mejor a otros seres que se dicen humanos.
 
Habiendo recordado el contexto, me dejé llevar, en uno de mis análisis frecuentes, concluí que a algunas mujeres las criaron tan bien en casa que para ellas es un reflejo natural seguir instrucciones, sin siquiera cuestionarlas, siendo esta presentadora un modelo perfecto; a ella con tal de agradar no le importa lucir como una idiota cada vez que sonríe, gustosa, antes de darle la palabra a un compañero suyo que hablará de una dolorosa lesión o de los estragos de las barras bravas, para ella lo que cuenta es sonreír.

La rosca no existe

Columnas > Limpia - Mente Por: Johanna Pérez Vásquez

30 dAmerica/Bogota agosto dAmerica/Bogota 2009 19:51 COT

Muchas veces escuché decir a mi mamá “lo único malo de la rosca es no estar en ella”, sin embargo, con el paso de los años, cuando mi progenitora comenzó a enterarse de que alguien, diferente a mí, se quedaba con un empleo o un reconocimiento, que a sus ojos yo merecía más que nadie, cambió de dicho entonando frases como “es que la rosca es lo peor” o “es el colmo que tengan preferencias”, mientras yo comenzaba a preguntarme el por qué de esa mutación en su discurso.

 
En mi papel de de descuartizadora aficionada, me concentré en las actividades de los grupos a los que tenía acceso para poder responderme esa pregunta. Luego de un simple análisis concluí, tajantemente, que los favoritismos, los grupos privilegiados o roscas no existen. 
 
Fue suficiente que me encargaran la administración de un proyecto emergente, con la responsabilidad que el cargo implica, para darme cuenta una vez más, de que si escogen con frecuencia a las mismas personas, para que completen tareas y alcancen objetivos, es porque antes lo han hecho bien y porque inspiran confianza, ya que también es muy común encontrarse frente a individuos que protestan mucho pero que logran poco, esos que pretenden sacar ventaja alegando democracia pero sin ánimo ni ganas de trabajar. En resumen, a nadie lo eligen porque sí.
 
Igual que mi mamá, creía que había fuerzas malvadas e inexplicables que se encargaban de hacerme la vida difícil, que ciertos personajes se levantaban por la mañana con la idea de dañarme el día y de ponerme rocas en el camino, pero luego de meditar un poco, comprendí que pensar de ese modo sólo era natural para una persona con un delirio de persecución diagnosticado, como no era mi caso busqué otra explicación para el fenómeno en que los mismos de siempre se quedaban con lo que querían, con lo que buscaban.
 
No tuve que ir muy lejos para encontrar un lagarto en la familia, esos que se pasan horas enteras, días y semanas en oficinas públicas rascando espaldas ajenas para asegurarse un cargo de libre remoción y nombramiento, dado por el padrino político de turno. Me obligué a mirar más allá de mis náuseas y tuve que concederle al reptil que su paciencia, su constancia, su fe en sí mismo y su manejo de recursos, porque para hacer relaciones públicas se necesita tiempo y plata, eran admirables. Claro que también llegué a pensar que sus esfuerzos serían más útiles si estuvieran al servicio de alguna obra de caridad o proyecto, que busca mejorarle la vida a los desfavorecidos, pero partiendo de que mi familiar lejano ya ha logrado, de ese modo, asegurar su bienestar y el de los suyos, le reconocí que algunas de sus funciones pasadas debe haberlas cumplido bien, de otro modo su patrocinador no se habría arriesgado a elegirlo, sabiendo que si este falla su propio cuello también estaría en juego.
 
Después de este ejercicio me hice un examen personal, miré mi pasado con ojos atentos y revisé aquellas misiones que me dieron sin considerar a otros, esas en las que me llamaron personalmente a mí, con nombre y apellido, para que las asumiera y entregara resultados de ellas. El descubrimiento fue el mismo. A excepción de una posición, que acepté sabiendo que no soportaría y que alguien se moría por darme, las demás ocupaciones se ajustaron a mis capacidades de cada momento y tanto el padrino como la ahijada nos sentimos satisfechos con lo obtenido.
 
Concluyendo, el modo en que una persona llegó a un empleo no importa, es irrelevante si fue gracias a su red social o a que salió exitosa de un estricto proceso de selección, porque ahí sólo termina la primera etapa. Las fases que siguen probarán si la decisión que tomó quien lo ubicó en tal lugar fue acertada o no, dependerá realmente de las capacidades del elegido y no de lo grueso de su libreta de contactos. Si en el futuro este individuo es llamado o nuevamente para recorrer senderos similares, pero más empinados, dependerá de cuánto se haya caído y de cómo se haya levantado en los que ya ha transitado. 

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