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mircoles 13 de junio de 2012 0:02 COT

Comic

Buen día, lectores de insólitos escritores como el suscrito, debo decirles que estoy exhausto… pero no de escribir aquí, sino físicamente, pues en las dos semanas anteriores me vi abocado a la ardua y pesada tarea de trastearme.

Trabajo pesado como pocos este del trasteo, pero que deja sin embargo el espacio para redescubrir y encontrar cosas que uno daba por perdidas. En mi caso particular di con unos textos que nunca había trascrito antes y que databan de mis años universitarios.

Siendo aberraciones literarias fruto del tedio de muchas clases magistrales, no me había sentido con el ánimo de transcribir y mucho menos publicar en ninguna parte. Pese a ello, viéndolos ahora con el velo de la nostalgia me siento animado a dejarlos aquí para deleite (o pereza) de los lectores:

CUENTO:

CÓMEME

Era una mujer de tez morena, de rasgos indígenas muy marcados pero delicados a la vez. Su cabello negro y liso se extendía hasta los límites de la cintura. A pesar de su metro sesenta de estatura, su cuerpo estaba bellamente proporcionado: caderas grandes, culo firme, senos turgentes y piernas musculosas.

Vestía de negro, eran usuales en ella las faldas largas, las medias blancas tobilleras y las infaltables botas negras de escalador. Aparentaba ser muy fuerte, su vestimenta y su porte le conferían una exótica fiereza de guerrera lista para enfrentar cualquier situación.

En el argot popular de los voyeristas que, como yo, la contemplábamos cuando recorría la cafetería de la universidad, se había ganado el mote de Cómeme, debido al deseo que despertaba entre los presentes: parecía servida en un plato, lista para ser devorada por nosotros, los lobos humanos ávidos de sexo. Nunca supe su nombre ni me propuse averiguarlo, para mí era simplemente un objeto de deseo digno de ser observado, digno de una masturbación.

Recuerdo que me sentí emocionado cuando se me planteó la tarea de final de semestre. Tenía que realizar un video documental acerca de una persona cualquiera, un personaje de la universidad que debería ser filmado a escondidas en cualquier actividad y a partir del cual se construiría una historia ficticia… sobra decir quién iba a ser el objeto de mi estudio.

Había una condición: el tiempo de filmación debía ser de máximo una hora y se debía filmar exclusivamente con una cámara digital que la facultad nos asignaría a cada uno. Teniendo estas escuetas bases me di a la tarea de investigar un poco las rutinas de “cómeme” para captar sus acciones precisas. Decidí también llevar un diario de mis observaciones… poco o nada importan los horarios de filmación pero los incluyo, de tal manera que quien tenga la oportunidad de leer esto pueda hacerse a una idea del ritmo en que evolucionaron los acontecimientos.

Día 1 (10 horas, 20 minutos, agosto 15 de 2000)

La cámara está encendida sobre la mesa, yo finjo leer un libro y Cómeme irrumpe en la cafetería con esa deliciosa magnitud que la caracteriza. Giro la cámara mientras ella toma asiento y por espacio de diez minutos grabo su proceso de ingestión de una bebida. Alguien llega, un hombre melenudo, que al parecer es su novio, se sienta junto a ella, charlan amenamente y de pronto ambos se levantan, les doy un minuto de ventaja y tomo la cámara a la altura de mi cintura para comenzar el seguimiento.

(11 horas, 10 minutos)

Cómeme espera en una silla afuera de la biblioteca, su novio ha entrado y yo estoy a unos veinte o veinticinco metros de distancia… algo pasa, ella se levanta de su silla y viene directo hacia mí, el corazón se me acelera y siento que todo se ha ido a la mierda. Justo a dos pasos de donde estoy Cómeme saluda a un amigo, que al parecer estuvo detrás de mí todo el tiempo. La filmación continúa, no grabo el sonido pero logro escuchar que su amigo le indica algo acerca de unas observaciones que deben hacer en los sótanos de los edificios que están siendo construidos en la universidad, concretan una cita a una hora específica y luego Cómeme regresa a su asiento sin siquiera notar mi existencia (como siempre). El novio llega y se van juntos, los sigo hasta la salida de la universidad, y ya que la filmación debe ser estrictamente hecha en predios del campus termino mi seguimiento del día.

En la noche pensaba acerca de la historia que debía empalmar con las imágenes que ya tenía… preferí dedicar las horas a pasar las imágenes de Cómeme una y otra vez, concentrado en ver sus piernas preciosas una y otra vez y a masturbarme con ellas una y otra vez…

Día 2 (8 horas, 15 minutos, agosto 16 de 2000)

Cómeme lleva un cuarto de hora esperando a su amigo, se nota la impaciencia en su rostro de facciones bellas pero hostiles a la vez. Está cerca de los edificios en construcción y yo he logrado ocultarme tras un árbol a unos 10 metros de distancia… pasan dos o tres minutos y ella se levanta de su silla, camina con paso firme hacia la edificación, la sigo en su recorrido enfocando sus pantorrillas perfectas, su falda negra y corta, sus botas… pienso si su ropa es igual siempre o es pura casualidad.

La universidad había iniciado la construcción de unos edificios un año atrás, la burocracia había sepultado el proyecto: desfalcos, malas administraciones y demás. El resultado sería lo que actualmente se considera el elefante blanco más grande de la ciudad traducido en una gran mole de cemento armado de dos kilómetros cuadrados llena de laberínticos pasillos, salones poblados por ratas, lagartijas, ranas o murciélagos, auditorios cavernosos de imprecisas dimensiones y todo a cargo de un vigilante viejo y beodo.

(8 horas, 40 minutos)

Pierdo a Cómeme durante un minuto, luego escucho el taconeo de sus botas obreras y logro ubicarla a la distancia. La filmo mientras recorre un pasillo abandonado, la luz es tenue y se filtra desde ventanas en el techo, estamos en el subsuelo de lo que seguramente sería un teatro… recorremos los pasillos destinados a actores que nunca estarán aquí. Cómeme baja unos escalones y llega a un piso cubierto por una fina película de moho que hace juego con las paredes, camina por un piso encharcado, yo la sigo de lejos, fascinado por su coraje, por sus piernas, por el ruido de sus pisadas.

(8 horas, 50 minutos)

El enjambre de túneles y recovecos es tan grande que poco falta para que desista de mi persecución y regrese, pero de repente ella se detiene y se sienta en un lugar particularmente húmedo y oscuro. Enciendo la luz nocturna a prudente distancia y recorro las paredes captando el papel tapiz de bichos viscosos que se retuercen y entrelazan sin percatarse de los intrusos. Cómeme se desliza con precaución, se recuesta contra un muro que al parecer no ha sido inundado por insectos y enciende un cigarrillo de marihuana (capto el olor desde aquí).

(8 horas, 55 minutos)

Un ruido se ha producido cerca de donde está ella, mi cámara busca el origen y solo atino a registrar el momento en que Cómeme se levanta hacia la derecha y se dirige hasta unas puertas que parecen ser baños, yo estoy congelado, me siento observado por alguien más y eso me incomoda… Cómeme va girando una por una las perillas y abre cada puerta sin encontrar nada, al llegar a la última puerta se produce un chirrido de bisagras poco usual, luego ESO aparece y se la lleva… me es difícil definir la sensación que me produce el violento desplazamiento de manos que viene del interior del cubículo, alguien o algo la atrapa en un segundo, un grito ahogado y luego el silencio sobrecogedor que lo inunda todo… la cámara filma mientras mi mente se va a un lugar seguro.

(9 horas, 3 minutos)

He recobrado la sensibilidad y he decidido avanzar hacia la puerta. Mi mano derecha sostiene la cámara; la izquierda, un tubo de hierro herrumbroso que quizás podría matar de tétano al primer contacto, me siento lleno de audacia y vigor y todo se va al diablo cuando pateo la puerta y grito como una mujer… no hay nada, nadie, el pequeño espacio está vacío y mis ojos registran mejor o igual que la cámara. Solo hay un hueco en el piso, quizás destinado al inodoro que nunca se puso, quizás el destino final de Cómeme.

(9 horas, 5 minutos)

Es suficiente, no puedo tomar valor para inspeccionar, pero se me ocurre la estupidez de amarrar la cámara con los cordones de mi zapato y meterla por el hueco, lo hago y dejo que registre todo lo que sea posible durante cinco minutos… siento que en cualquier momento lo que se llevó a Cómeme me va a halar por ese hoyo y nadie quedará para registrar el evento. Al final la cámara emerge con la estulticia de un topo y yo salgo del cuarto con la calma de quien sabe que está al borde de la muerte.

(9 horas, 15 minutos)

Regreso la cinta hasta el momento en que meto la cámara y mi corazón se sale del pecho al corroborar que no queda una sola marca en el hueco del baño, solo hay tierra aplastada, ningún rastro… ella desapareció y yo busco no seguirla en ese trance, me recupero y comienzo a grabar de nuevo, registro todo lo que hay a mi alrededor. Un aleteo se deja oír por el pasillo y sobre mí pasan con cierto desdén tres murciélagos que se ubican en la parte más alta de la galería. Prendo un cigarrillo y apago la cámara… camino hacia la salida.

En mi casa recuperaría los momentos que viví en ese infierno y pensaría en la historia que debía escribir para el documental. Durante cinco horas miraría la cinta y llegaría a la conclusión de que la historia estaba hecha: una mujer sensual en peligro, la víctima, un monstruo milenario invisible, el cazador y un final inquietante… no había nada que inventar, mi documental estaría listo, mi imaginación no necesitaría trabajar más ya que tenía las mejores tomas de Cómeme y mis masturbaciones subsiguientes estarían aseguradas… de seguro la desaparición conduciría a su amigo, el principal sospechoso, y yo podría gozar por más tiempo de su recuerdo digital, de sus prendas que arranqué con furia y deseo, de su recuerdo al amordazarla, al penetrarla, al desnucarla y sepultar el cuerpo en el hueco del baño… dudaría de ser descubierto, la burocracia sería mi cómplice.

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